Un cuento de viernes: LA PIEDRA

PD.: Hoy la postdta va antes, que esta foto ha sido la inspiración de este breve relato.

No quiso cogerla. Permaneció inmóvil, mirándola durante un minuto, sin levantar la vista, simplemente forzando sus ojos esquivos hacia la mano de él.  Permaneció callada, pronunciando sólo un débil “no, no puedo”. Se mantuvo abrazada con cierta tensión, encogiéndose debajo de su abrigo negro, con el bolso colgado, protegiéndose de ese viento incómodo que agitaba su melena corta y movía con inquietud la mañana. Una mañana soleada y nítida, a la espera de perfilarse según acontecimientos, una mañana en la que, una vez más, volvieron a encontrarse al lado del río.

La piedra era pequeña, de un color más blanco que el resto, “es como tú” insistió él y  siguió con la mano extendida, aproximándosela. “Me gustaría que te la quedaras. De esta forma, cuando me eches de menos, podrás apretarla con fuerza y saber que estoy contigo”.

Volvió a decirlo, con lentitud, subiendo algo el tono “no, no puedo”. Movió los pies sin avanzar, el ruido espantó a dos pájaros de color rojo y gris que huyeron hacia diferentes lados, sólo el balbuceo del agua lograba interrumpir el silencio.

“Sabes que no tardaré, y cuando vuelva, ya por fin…”. No siguió, ella movió la cabeza. “Déjalo, he perdido la cuenta…”. Se acercó y la rodeó con sus brazos,  quiso envolverla dentro de su gabardina, pero ella siguió impasible, ajena a los gestos de cariño con los que él intentaba distraer el momento. “¿Te acuerdas la primera vez que estuvimos aquí?. Me contaste que venías para olvidar tus preocupaciones, que lanzabas piedras al río, que pensabas que con cada una ahogabas un problema que intentaba flotar”.  Señaló a la orilla. “Nos sentamos allí ¿te acuerdas? Tiramos piedras, las más grandes, a ver quién conseguía arrojarlas más lejos, ¿te acuerdas? ¡y por fin me dejaste besarte!. Rozó su mejilla.”…desde entonces he querido siempre tenerte cerca,  lo sabes, ¿verdad?… ¿quieres que lo repitamos ahora?”

Se mantuvo en silencio, y con la cabeza siguió negando. Oyeron las campanadas de la iglesia, eran las doce. Él volvió a tomar la palabra “…tal vez tendríamos que volver, se darán cuenta a la salida de que no estamos. Anda quédatela, guárdala, volveré, será pronto. Todo cambiará”.

Ella cogió la piedra, la acarició y la guardó en el bolsillo. Esta vez sí le miró a los ojos y quiso sonreír, pero no consiguió iluminar su cara, aun así se acercó, aproximó sus labios, y mientras le acariciaba de forma suave la nuca, le besó con fuerza, como aquel primer beso que hacía un rato habían recordado. Él pegó a su pecho ese cuerpo menudo, olió su piel delicada, tan blanca, y susurrándole al oído se lo volvió a repetir “volveré pronto”.

Pasaron unos minutos, estuvieron cerca, fue ella quien frotándose los ojos y estirando su falda advirtió “vete yendo tú, es mejor que no nos vean llegar juntos”. Él asintió, la besó en la mejilla….”sí, está bien, nos vemos ahora, no tardes”.

Respiró hondo y fijó su vista en el río, se acercó a la orilla, se hizo hueco entre las rocas y dejó pasar los minutos, acariciando con suavidad los pequeños brotes de hierba que crecían. El agua bajaba con fuerza, las primeras lluvias de otoño habían provocado un caudal consistente. Sacó la piedra. Miró con cariño una mariposa que se había aposentado al lado de ella, se hicieron compañía durante aquel rato del que no fue consciente. Oyó de nuevo las campanadas, esta vez sólo una, apretó con fuerza la piedra entre sus manos, una lágrima manchaba su mejilla. Fue entonces cuando volvió a mirar al río, y cogiendo impulso, lanzó la piedra pequeña y blanca todo lo lejos que pudo.

Mª Eugenia

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