Un cuento de viernes: LA TIENDA DE LAS PALABRAS

Nadie supimos cómo llegó. Amanecimos una de esas mañanas en las que el sol se atreve a decir poco y un viento frío entona una música grave. Allí estaba, adueñándose de la esquina. El rótulo lucía en color ocre, con letras refinadas en bermellón, sin logotipo, simplemente un nombre: La Tienda de las Palabras.

Yo solía pasar por ese cruce para dirigirme al trabajo, así que me sorprendió ver unos cuantos vecinos del barrio inmovilizados delante del escaparate, dubitativos, debatiendo acerca del sentido de esa nueva tienda de cuya llegada  nadie se había percatado. Me hice un hueco. Palabras expuestas en bloques sobre el suelo, escritas con diferentes colores y tipografías, en tamaños diversos, algunas quedaban suspendidas del techo, girando como si tuvieran ritmo. Harmonía. Serendipity. Idiosincrasia. Valentía. Gentileza. Bienvenidos. Al lado de ellas, un precio que oscilaba entre cincuenta céntimos y dos euros. Intrigado por la curiosidad, pero de forma casi automática,  me vi cruzando la puerta, adentrándome en ese otro mundo que hoy, años más tarde, todavía echo de menos.

Olía a azahar. Oteé de forma rápida el espacio, cestas de mimbre agrupaban montones de palabras, otras desfilaban en las estanterías. Las clasificaciones eran varias, sustantivos, pronombres, verbos, adjetivos. Positivas, tristes, incisivas.

Ella estaba allí, acabando de colocar Amor al lado de Riesgo. Llevaba el pelo recogido en una cola alta, solía peinarlo de ese modo durante las jornadas laborales. Alzó la vista de forma elegante, así era ella, distinguida en cada uno de sus movimientos. Unos inteligentes ojos oscuros buscaron los míos. Sonrió. “Hola, ¿qué tal?”. Le devolví la sonrisa, pero pasaron unos segundos hasta que fui capaz de contestar, tal vez fruto de mi timidez, tal vez fruto de prever que ese momento iba a tener un significado. Dije por fin otro Hola, y ella supo, como siempre luego,  ponérmelo fácil. “¿Te gusta? ¿Qué te parece?”. Le contesté que no entendía muy bien de qué se trataba. “¿Vendes palabras?”. Asintió con la cabeza, esbozando de nuevo una sonrisa. “Curioso, ¿verdad?”. “Pues la verdad es que sí. ¿Y para qué?”. “¿Necesitamos siempre una razón para hacer algo?”. Volví a quedarme callado, me acerqué hasta una de las cajas que ponía saldo. Allí aparecían Crisis, Paro, Desahucios, Guerra. “No sé, tal vez no…”

Los vecinos seguían agrupados delante del escaparate, esperando a poderme preguntar. Fueron más de treinta minutos los que estuve dentro ese primer día. Se llamaba Jimena, y me contó que se había instalado en una de las casas cerca del río. Poco más. Hoy todavía no sé de dónde era, ni qué había hecho antes. Quedamos en que volvería a pasarme pronto, y le deseé suerte. “Antes de irme quiero inaugurar la tienda, así que me voy a llevar una, ¿te parece?”. “Será un honor”.  Escogí Sueño, a un euro. “Bonita palabra, te conducirá a otras.” Me la envolvió en papel gris, que recogió con un lazo bermellón.  Dijo un gracias dulce, un gracias que oigo aún de vez en cuando.  Bajó la cabeza y volvió a concentrarse.

Expliqué de forma breve a los vecinos lo que había visto, y les impulsé a entrar. Pasaron los días, y poco a poco La Tienda de las Palabras se convirtió en el punto de encuentro del pueblo. Poco a poco, la gente se acostumbró a acudir una vez por semana para llevarse una palabra, los más curiosos, incluso husmeaban a diario a ver qué novedades había, rebuscaban para conseguir esdrújulas, que decían que tenían música, o para encontrar aquella que pudieran regalar expresando un sentimiento, o simplemente, escogían una desconocida que les hacía sentirse más sabios.  Jimena cambiaba de forma constante la ubicación de los términos, así que para los visitantes se acechaba una sorpresa en cada visita.

Yo, sin ser consciente, cogí el hábito de pasar cada día al volver de trabajar. Me gustaba hablar con ella, preguntarle sobre los significados de algunas, o el porqué de sus colocaciones. A veces, incluso decidíamos juntos cuáles tenían sentido que fueran en el mismo cesto. “¿Honestidad con Dolor?”. “A veces duele, ¿no crees?”. Asentí con la cabeza, y por azar alcé Compromiso. “¿Dónde coloco ésta? Se dio la vuelta de forma rápida, decidió que era tarde, y poniéndose el foulard de forma apresurada insistió. “Vámonos. Son casi las nueve”

Caminamos juntos, solíamos hacerlo de vez en cuando. Esa noche, durante un rato largo, avanzamos oyendo sólo nuestras respiraciones y el crujir de las hojas. Fui yo el primero en hablar. “¿Quieres que nos sentemos un rato?”. El cielo estaba punteado de pequeñas luces, y jugamos a buscar la que rasgara la noche. “Ya sabes, un deseo si vemos una fugaz”. No hubo ninguna, pero pasamos horas contemplando ese universo que permaneció estático para nosotros.  Nos reímos buscando sinónimos y antónimos, recordando anécdotas de los vecinos en la tienda, de vez en cuando me quedaba fijamente mirando su sonrisa, y ella sin dejarla, con un tono divertido, inquiría “¿qué?”. De repente encogió sus hombros. “Ten, tápate con este jersey. Acércate”. La rodeé por la espalda, me impregné de ese aroma suave, le deshice con cuidado la coleta y le desbarajusté el pelo. Me aproximé lo suficiente como para oír el eco de sus palpitaciones, me aproximé lo suficiente para acercar mi cara hasta rozar su mejilla, me aproximé lo suficiente para guardar sus manos entre las mías, apretando fuerte.

La mañana siguiente amaneció gélida, de nuevo el sol luchaba con las nubes para encontrar su sitio. Al acercarme a la esquina observé un tumulto que hablaba en voz alta. Me colé entre ellos. El escaparate estaba vacío. Había desaparecido el rótulo. No estaba la tienda. No estaba ella. Tan solo, en el techo, una palabra permanecía suspendida.

Mª Eugenia

PD.: hace unas semanas vi en el teatro La Lengua Madre, una obra preciosa interpretada por Juan Diego y escrita por Juan José Millás.  Sirvió de inspiración.

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