V. I.: Diciendo Adiós

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La despedida empieza el día antes, con la decisión de qué hacer las horas de descuento, de qué escoger como “última vez”. Exprimo todos los azules hasta que mis párpados se quejan,  busco robar esa melodía insonora que, con delicadeza, guía el devenir de las calles, quiero llevarme la humedad impregnada en cada poro.

En unos días sólo me quedará cerrar los ojos, y recordar. Recordar, del latín recordari. Re (volver) – Cordis (corazón): volver a pasar por el corazón. O eso decía Galeano.

Elijo quedarme en el pueblo. Recorrer alguna tienda en busca de regalos, caminar por un paseo que hoy se ha vestido de fin de semana. Hay más turistas, más familias, más jóvenes, se habla del partido de la noche y de lo bueno que está el atún. No sé de qué puesto. Yo lo probé ayer en la terraza de El Mirlo, homenaje con vistas a Punta Paloma recomendado por Miguel.

Tumbada en la arena, soy, sin darme cuenta, absorbida por la marea. Pareces nueva escribe Camilo, mientras los Boquerones se ríen cuando les mando la foto. Y sí, quizá lo soy. O quizá son solo mis ganas de no moverme, que el mar me eche si puede. Y por supuesto, puede. Me manda fuera a mí y a dos pescadores que, unos metros más allá, deciden guardar sus cañas tras varias horas muertas. Envidio su paciencia, su capacidad de espera. Acabo siempre haciéndoles una instantánea.

Fotografiar es conferir importancia”, leo más tarde en Sobre la fotografía, de Susan Sontang.

Dejo las bolsas medio preparadas y me bajo a ver la final de la Champions. Dos chicas comparten mesa conmigo, el último día y parece que hasta tengo grupo. Comentamos el partido, y por supuesto, qué jugadores son los más guapos. Acabamos hablando de nuestra vida y riéndonos con los de la mesa de al lado, que tienen ganas de juerga.

Las calles cantan gol y lo celebran. A veces, el fútbol exhala lírica.

 

Es el día. Tengo que dejar el apartamento pronto, así que madrugo para robarle tiempo al pueblo. Los lugareños están concentrados en el bar de al lado de la iglesia, resuenan ecos de fútbol. Desayuno en la terraza donde esperé a mi llegada, las camareras no son rápidas y el acento alrededor es poco andaluz, pero es algo mía por anteriores conversaciones con cafés y croissants con nutella. Entro a visitar a ese Cristo con pelo pegado que siempre me produce entre pánico y mofa. En la placita, luce el mercadillo, no más de ocho puestos encajados mejor que cualquier pieza del tetrix, ofrecen desde libros y cds, hasta sombreros y anillos de bisabuelas. Un puesto recoge dinero para el alzheimer,  ahora tan cercano, tan odiado, tan tierno. Dono.

He aparcado con vistas al Estrecho, así que me despido de África, a quien desde allí podemos tocar si alargamos la mano, pero la encogemos, no sea que se nos cuelguen sus vidas y aquí ya tenemos la nuestra.

Digo adiós a Mariluz y, yendo hacia mi bien más preciado, leo Penita en una puerta, en realidad pone Peñita. Una pelota negra empuja fuerte en mi estómago hace un par de horas.

Esta vez me desvío veinte minutos hacia Nuestra Señora de la Luz, un santuario a ocho kilómetros del pueblo que, por hache o por be, no he conseguido visitar nunca. La virgen es la patrona y la Gran Cabalgata Agrícola la lleva en procesión en el mes de septiembre para inaugurar las fiestas. Sólo ya el breve camino vale la pena, entre verdes y ciclistas ahí están las vacas, que hasta ese momento, no las había encontrado.  Tarifa no es Tarifa sin vacas vagando. La primera vez que estuve me sorprendió verlas tan cerca del mar, gordas y marrones, plácidas. Otra imagen de felicidad archivada para el recuerdo. El santuario emerge grandioso y blanco bajo un cielo que anuncia lluvia, hay silencio que se rompe con las risas de dos niños y un abuelo. Y la mía con ellos.

Cojo ya la carretera hacia Cádiz, y de repente me descubro con lágrimas en los ojos, saben dulce, pero necesitan que yo respire fuerte. Antonio Vega no es la banda sonora más animosa y el Sitio de mi Recreo no sé si ayuda mucho a manejarlas. Las dejo que sigan.

Al cabo de un rato diviso Vejer, luce en lo alto y custodia la costa. Veo a Pachi luchando por el suelo empedrado con la maleta roja,  me río, vuelvo a darle las gracias, no me oye.

Pasan las horas, y entre gotas gruesas, aparecen ya carteles de Mérida.

 Silencio, brisa y cordura, dan aliento a mi locura. Hay nieve, hay fuego, hay deseos. Allí donde me recreo

26 y 27 de mayo de 2018

 

 

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