V. I. : Hacia Tarifa

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Se confirman mis sospechas al bajar al desayuno, somos solo tres huéspedes. Una pareja mayor me da conversación, preguntas que ondulan entre la amabilidad y el cotilleo. Dudo si jugar e inventarme las respuestas, pero no lo hago.

Arranco hacia Tarifa. Esta vez el camino se hace largo, hay obras y las lyrics las controlo menos. Atravieso carteles en los que nunca he estado, pero que me recuerdan a gente, son de allí, o veranean, o me han contado anécdotas. De otras indicaciones las anécdotas son propias. Viajes pasados en las que hacía años que no pensaba. De cada uno de ellos usurpé un momento, o muchos, pero el cajón en el que están guardados no se abre con frecuencia, como si correspondieran a una vida ajena.

Algeciras es un lugar que, hasta hace relativamente poco, no me había preocupado de situarlo en ningún mapa. Hoy al verlo, sonrío. Llego a Tarifa con Enrique Urquijo cantando Aunque tú no lo sepas. Prometo que no está preparado, pero es mi canción favorita de un regalo tarifeño. Algo empieza a ir bien.

El pueblo me recibe con los abuelos de siempre, que serán otros pero con las mismas gorras, y camisas de cuadros de manga corta, y calcetines blancos debajo de las sandalias, permanecen ahí sentados en los bancos de La Puerta de Jérez. Guardianes fieles de unas calles blancas cada vez más gastadas, que resisten con pundonor el comedido avance de tiendas bonitas y bares con estilo.  Espero con una cerveza a Mariluz, que me dará las llaves. No dejo ya de encontrármela a partir de ese momento, al cerrar una puerta, en el colmado, al girar la esquina. Con cada encuentro, un poco de su vida: la excursión de su hijo, la enfermedad de su madre, los vecinos nuevos… A veces tengo la sensación de que me espía, pero es solo fruto de mi egocentrismo urbano.

Por fin la playa. Kilómetros de arena que a las seis de la tarde son invadidos por estudiantes a la salida del instituto, por familias con niños para que jueguen, algún turista solitario y varios deportistas con cometas. La vida en y con el mar integrado. Bendita vida. Las horas respiran cada vez con más pausa hasta que el sol se pone para dibujar un óleo. Silencio. Solo un click para una foto. Más silencio.

“No puedes decir más de lo que ves”, Thoreau.

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