V.I. : Úbeda

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El trayecto no se hace pesado. Cada dos horas hay que parar, así que con dos visitas a bares de carretera el camino está hecho. Entre tanto, paisajes, adivinar figuras en las nubes, algunas gotas y cánticos en voz muy alta. Que no te oiga nadie ayuda a superar eso que le dijeron las monjas a tu madre: que la niña le pone esfuerzo, pero cantar nunca va a ser lo suyo.

A Úbeda llego amparada por olivos cargados de poesía, de calidez, de bienestar, después de un río y con Serrat y Sabina hablándome de esas pequeñas cosas…Empiezo a pensar que quizás no debía haberme desviado, pero ya estoy allí. Sola. Porque a las cuatro de la tarde no hay paisanos por ningún rincón del pueblo. Pero escucho música entre las paredes gruesas y ocres que marcan los recorridos por calles empedradas. Primero las notas salen de una iglesia, luego, de un instituto. Leía en una entrevista a Iñaki Gabilondo que estaba preocupado por la banalización de la música, en una sociedad con tanto ruido, decía, dicho arte perdía valor. Úbeda se humaniza con melodías que navegan por el aire y me indican que, no, no estoy sola.

Es dejar la maleta en el hotel y que empiece el diluvio universal. Graniza. Esta vez no pienso, afirmo, que no tendría que haber parado. Maldigo a Francisco por liarme, pero recuerdo que estoy de viaje sin pautas. Baeza seguirá siempre en su sitio y mi objetivo es descansar. En el hotel, con ínsulas de castillo de miedo y de risa, me tumbo a leer. Primero el Hola de la Boda Real, luego a Richard Ford sobre sus padres. Leer sobre los suyos cuestiona la relación con los míos. Demasiado cerca, demasiado lejos.

 Los padres – por encerrados que estemos en nuestras vidas – nos conectan íntimamente con algo que no somos, y forman una “ajenidad unida” y un misterio provechoso, de tal suerte que aun estando con ellos estamos solos. (Entre Ellos)

Ya con el arco iris decido conocer el Patrimonio Histórico. Más allá de algunos turistas, el pueblo sigue desocupado. La banda sonora ahora son pájaros que pían. En diferentes esquinas hay lugareños huidizos que comen pipas, desconozco si ven la vida o solo la esperan. En una iglesia, mujeres de edad rezan el rosario, en otra, adultos de toda índole piden a la Virgen, unos niños han improvisado una pista de tennis en el parque, el bar Calle Melancolía está cerrado. Hay belleza al girar cada esquina. Me reconcilio con la decisión.

Elijo un lugar para cenar, las medias raciones darían para todo un viaje en grupo. Anuncian (y pruebo) vino ecológico, hasta en Úbeda ha llegado la moda. El bar se llena. En cualquier rincón de España siempre hay vida a partir de las diez. Me dirijo hacia el hotel. Siento frío

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