UN TROCITO DE VIDA.

PD.: Este texto es de hace unos días. Se había quedado sin subir por problemas de hackeo de esta web. Gracias Javi por arreglarlo. Gracias queridos del taller por motivarnos a escribir :-))))

1 de junio – 14 de junio

No voy a poner fecha en estas líneas que me tocan del Diario Común, o mejor le llamamos Colaborativo, que está más de moda. No la voy a poner porque da un poco igual. Porque voy a ir desordenada en mis días, en mis pensamientos, en lo que cuente. No ha habido manera de empezar cuando tocaba, he intentando guardar “cosas” (y  pongo cosas entre comillas, porque es una palabra fea, pero lo suficientemente grande como para que quepa todo), pues eso,  he intentado guardar cosas en mi yo, ese yo que a veces es cabeza, a veces es piel, momentos que quería compartir, escribir,  por aquello de no olvidar, porque me habían hecho, por un instante,  romper la inercia y sonreír, o ponerme de malhumor, o reflexionar. Pero al final, el día se agotaba y no quedaba nada escrito.

Leía hace poco  un texto de Krishnamurti  en el que preguntaba. ¿hay también espacio en su mente?  ¿o está tan repleta que no hay espacio en absoluto? Si su mente tiene espacio, entonces en ese espacio hay silencio, y de ese silencio surge todo lo demás, porque en ese momento usted puede escuchar, prestar atención sin ninguna resistencia…

Desde luego que en mi mente hay poco espacio. O al menos, poco espacio libre. Sí escucho, y hay silencio, porque lo busco como un tesoro. Pero no se mantiene el tiempo suficiente como para poder conseguir esa soledad necesaria para sentir, sentarme y escribir. Para conseguir esa paz que luego se convierte en guerra, con uno mismo, con el texto, con la historia…pero sin la que es imposible parar y ponerte a contar.

En los últimos meses mi mente está llena de cajones que se abren, se cierran, al ritmo de una marcha militar. Una tarea, y luego otra. Tareas que no sólo son trabajo, también son ocio, risas, que disfruto y saboreo mientras ocurren, pero que marcan mi día a día, y a pesar de intentar ponerles freno, acaban organizando el ritmo de mi vida.

Dicho todo esto, empecé junio muy feliz, dando la bienvenida a mi nueva compañera de viaje, toda acicalada ya ella, tras meses y meses de vaivenes. No tiene nombre aún, de momento es sólo La Furgo. No soy consciente  en qué momento tomé a las Volkswagen setenteras como un símbolo, de libertad, de buenrollo, de otra vida. Ya sé que, como yo, miles de personas, pero va a ser que ahora estoy hablando de mí.  Desde hace años me ha acompañado el sueño o la ilusión, la he tenido en todo tipo de objetos, cuadros, fotos…. Hoy está aquí, es real. Veremos dónde me lleva.

En estos quince días me ha dado tiempo también de desmayarme en la playa, y acordarme de Irene, de su cuento, porque la sensación de su protagonista la tengo también yo cada vez que veo el mar. Sensación de levedad, de que todo lo demás importa menos, o nada. He empezado a arañar el verano, a pasear con chanclas y capazo, a salir a cenar con luz, sin jersey y con las piernas al aire.

He comprado nuevas y extrañas plantas, han florecido alguna de las que ya estaban, algo que siempre me provoca una sonrisa. Salir a la terraza, que me sorprenda una flor que ayer ni me había dado cuenta de que iba a existir, pero a la que he ido cuidando…Pienso que así es un poco la vida. Vas regando, sembrando para que las cosas (otra vez la palabra cosas, en su máxima amplitud) ocurran. No sabes cuándo pasan, y a veces no es exactamente ni lo que estabas esperando, pero acaba dando fruto de alguna manera, el que sea, aunque madure mucho más adelante…

He tenido reuniones, y más reuniones. En alguna que otra hubiera querido matarlos a todos. Me he desesperado, he trabajado, he sentido impotencia, he conseguido algunos objetivos, he mirado para otro lado. Lo peor de todo, o lo mejor, es que volverá a repetirse y me sabrá a conocido.

El domingo observé con cierta atención a mis vecinos del AVE, parejas que se querían en los asientos más que en el sofá de su casa, señores que comían mandarinas, mujeres que gritaban en el móvil. Aun así pude leer periódicos atrasados, babelias, dominicales y culturales, e incluso disfrutar del viaje.

Hace una semana bailé en el RockOLa, ahora me parece extraño acabar una noche danzando. Pero se agradece. Una noche absurda de la que te sigues riendo al día siguiente.  He empezado a ver los Soprano, pero yo desde el sillón, no como Teresa, en su bicicleta. He tenido conversaciones interesantes y otras de pacotilla.

Hoy he visto volar tres mariposas. He sonreído. Bendito verano.

 

3 respuestas a “UN TROCITO DE VIDA.”

  1. Bea dice:

    Donde hay que firmar?

  2. Bea dice:

    Donde hay que firmar? Letra por letra…

  3. pita dice:

    lo conseguiremos bea :-))))

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