RINONECA.

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La encuentras cerca del mar. Pidiendo paso entre las rocas, o rociando vida a los kilómetros de arena. Si la sacas de allí, sólo puedes alimentarla con agua salada.

Sus hojas, que crecen desgarbadas y ágiles, lucen un abanico de verdes y azules.  Cuando la brisa las balancea, puedes imaginarte olas que llegan y huyen, y si te acercas, hasta oír un susurro, como si el mar entonces te recitara sus secretos.

Cuentan en el pueblo, que hace años,  las mujeres de los marinos llenaban sus casas con ellas, buscando escuchar, cada noche, el eco de las últimas palabras de sus esposos al partir.

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