LA PLAZA.

Te sonreí y te dije adiós levantando la cabeza. Bueno, os dije, porque no estábamos solos, ni tampoco lo parecía. No, no vamos ahora a fantasear con un romanticismo inexistente.

No percibí que sería un momento que iba a quedarse marcado en nuestro recorrido. Pero así ha sido. Quizás porque me lo recordaste al cabo de unos meses, y sí, yo también sabía a cuándo te referías. A esos cinco minutos absurdos en los que por cierta gentileza y algo de simpatía intercambiamos un “hombre, qué tal, cómo estás? Y tú? Bueno, pasadlo muy bien”.

Hoy he vuelto a adentrarme en esa plaza, podría haber cogido la calle de la derecha o haber acortado por el boulevard de arriba, pero me he visto subiendo de nuevo esa pequeña callejuela en la que la ciudad respira con la parsimonia de una aldea, en la que el sonido va desgastándose con el bailar de cada paso.

He pasado por allí otras muchas veces, pero hoy me he encontrado con esa imagen. De la fuente no brotaba agua ni había motos aparcadas. Los comercios de alrededor ya no eran los mismos. Tampoco el tiempo era igual, entonces íbamos con bufandas y cazadoras abrochadas. No sé por qué he sentido la necesidad de pararme, de acercarme de nuevo a ese punto. Me he visto moviendo los labios, sonriendo, diciéndote adiós otra vez. Y tú reías, y a medida que tu sonrisa se hacía grande, tus ojos se convertían en dos puntos verdes pequeños, muy pequeños. Como siempre, pensaban algo, no he querido preguntarles, ya me lo contarán si tienen ganas. Tus tres arrugas en la frente también han aparecido. No, no, claro que no me fijé ese día, pero hoy sí estaban. Tenías el pelo igual de alborotado pero más corto, y menos cano. Escondías las manos en los bolsillos, como aún haces, cuando no sabes cómo dirigirlas.

No debo haber estado allí más de cinco minutos. Algunos transeúntes me han mirado, pero no le han dado importancia al hecho de que estuviera allí parada. Sin hablar, pero conversando.

Luego he seguido caminando hasta mi destino, he llegado a la terraza. Te he abrazado y te he dado un beso en esa mejilla que quiere y sufre.

De dónde vienes? me has preguntado.

De vernos.

Sólo has sonreído.

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