REFUGIO

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Marcaba las 10:15. Movió de nuevo la cucharita dentro de la taza, pequeña y descascarillada. Volvió a revisar el móvil, aprovechó para cubrir su cuello con el pareo y colocarse la melena hacia un lado, alborotada y algo quemada por el sol. Un rizo buscaba susurrarle sin permiso.

Hacía rato que había apagado el ordenador, demasiado esfuerzo para hilar dos frases con ritmo. Las hojas del periódico se movían con cada paso del camarero. Me firmará luego el libro, verdad? Asintió con una sonrisa. Desde que se trasladó a vivir allí, ese rincón, donde la soledad vencía a los recuerdos, se había convertido en su remanso de inspiración.

Miró hacia el mar. Hoy las olas dormían sin sueño, desperezándose con ganas con cada saludo del viento, hoy calmado, subyugado ante un sol que sacaba pecho ante la llegada del otoño. Dos gaviotas se enredaban en un cielo olvidado de nubes y cometas.

Lo reconoció por el ruido de sus pies, seguía arrastrándolos, esa forma tan suya de marcar el tiempo de las cosas. Como siempre descalzo, con los vaqueros remangados. Levantó la vista. Le estaba esperando su sonrisa, y sus ojos arrugados, porque no sabía sonreír sin encerrar, por unos segundos, ese verde tímido e insurrecto. No, nunca lo había conseguido. Perdona, yo juraría que en bici tardaba menos…no me acordaba ya de la distancia…o debe ser la edad.….Le acercó su mejilla, gastada de años, sin afeitar, a ella se le escapó la mano hacia la nuca, y le rozó el pómulo, mucho más delgado, con un beso rápido y mal dado.

Cómo estás?

Durante un par de horas no oyeron nada más que sus voces. La de él, sosegada, aún mantenía esa cadencia con la que tantas veces había conseguido calmar la de ella, tan rápida, tan facciosa.

Enséñame fotos. Ella le presentó a Valentina y a Mateo. Sí, gemelos. Han heredado el pelo de su madre, eh? Rieron. Tienen ya siete….y la tuya?

Se cambió de silla y se sentó a su lado. Así yo también veo el mar. El sol dominaba ya sin reparos ese paisaje virgen y solitario. No parece haberse descolocado ni un solo grano de arena desde la última vez, no crees?

Ella con suavidad le arrastró el pelo, lacio, del todo cano, hacia atrás, descubriendo de nuevo esas tres arrugas, tan inquisitivas, quizás hoy cansadas de dudar.

Dejaron entonces que fuera el viento, que empezaba avivarse, el único que hablara. Le pasó el brazo por el hombro, y ella simplemente, esta vez, se acurrucó sobre su pecho.

Mª Eugenia

 

PD.: Lo que tiene siempre el mar.

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