TANTAS VECES DESDE ESE DÍA.

Tuvo que huir. Dejó la camisa sobre el mostrador, no dijo adiós al dependiente, ni dio las gracias. Chocó, no se acuerda con quién, pidió perdón, en voz baja. No podía avanzar más rápido.

En el coche subió el volumen del CD, las letras de las diferentes canciones se golpeaban sin conseguir rebajar la melodía en su cabeza.

Con minuciosas pinceladas regresó a los detalles de su cuerpo, tan largo, tan inconexo, recorrió con dolor un paisaje al que accedió con el riesgo de no encontrar la salida. Cuatro lunares? no, busca, hay uno más…..Se hundió en los hoyuelos que tantas veces había fotografiado. El jazmín, que solía cubrir esa piel tan vírgen de la que se había despedido con un estúpido hasta luego, se extendió sin poder respirar, volvió, con suavidad, a besar sus labios, finos, rotos siempre por el frío, o por el sol, por no saber decir ese algo que ambos esperaban. Yo te los curo, déjame. Sus labios, que hoy, ya sí, veía llorar.

Intentó acelerar pero los semáforos se lo impedían. Más allá del cristal se encontró con sus ojos, tan oscuros que a veces tenía que pedir permiso para mirarlos, una vez más volvió a agarrarse a esa mirada nítida que ambos sostenían con complicidad, a pesar del miedo a escucharla.

Y el silencio. Tantas veces desde ese día. No, no consiguió abrazarla.

Volvió a intentarlo. Sentado delante del ordenador escribe. Y escribe.

Lo guarda.

Mª Eugenia.

 PD.: Y como la persona que me «presentó», hace ya algunos años, a Ben Harper, está ahora físicamente lejos, pero siempre muy cerca, pues vamos a dedicarle este cuento.

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