Ladies & Gents…con ustedes…LOS STONEEEEES!!!

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Sí señores, hay veces que la vida decide tratarte mejor que bien. Será que Dios existe y te hace un guiño desde arriba, será que lo que existe es la suerte y toca cara.

A las 17:50h. del día 25 de junio, Pita no iba al concierto de los Stones, ni estaba además ya por la labor de intentarlo, aceptando con deportividad eso de que you can’t always get what you want. A las 20:30 del día 25 de junio, Pita estaba tomándose un mini de cherve antes de acceder al Santiago Bernabéu.

Así que más feliz que mil perdices juntas, y en serio, no os podéis imaginar lo feliz que estaba, pude disfrutar del concierto del mejor grupo de rock de la historia. Y punto. No hay debate posible. Sólo por los años que llevan triunfando, divirtiéndonos y divirtiéndose con unas canciones que ya son casi himnos, y entregados a full sobre un escenario, se merecen que haya unanimidad en este sentido. De todas maneras, ahí estuvimos para comprobarlo.

Un poco antes de las diez, Sus Majestades Satánicas llegan en unas furgonetas por detrás del escenario. Gritos, aplausos, pero sobre todo….ganas. El público estaba entregado a la causa. Desde primera hora de la tarde el barrio andaba homenajeando a los Stones, los bares habían enchufado el hilo musical del grupo, y el nivel de disfraz de los asistentes conseguía matrícula de honor. Como mínimo un ochenta por cien de los transeúntes lucía camisetas que nos sacaban la lengua, algunas con tantos años como ellos, otras de lo más fashion, y otras de imitación, que también valían. El rango de edad, por supuesto, de lo más vasto. Desde abuelos rockeros que habían desenfundado sus excéntricas galas de la época, pasando por padres enrollados con niños que no entendían muy bien qué hacían sus progenitores llevándolos allí, hasta jóvenes que pilotaban de música, o al menos eso creían, sin olvidarnos de maduritas hazmerreír, hechas un lío con atuendos hippies y/o rockeros, que competían con unas cuantas lolitas en busca de selfies.

Pero a todos nos parece todo perfecto, no hay reproches que valgan, ahí estamos unidos por la pasión a Mick y compañía. Que hay que hacer cola para las bebidas, pues aprovechamos para ir dándonos conversación y comentar la emoción.

Y salen al escenario. El líder del grupo delgado delgadísimo, vestido de negro bajo una camisa lila. A lo largo del concierto, se la quitará, se pondrá una capa roja (en Sympathy for the Devil, mientras el escenario arde en llamas), lucirá una americana brillante también con tonos bermellones y negros, se quedará en una camiseta de manga larga bajo la que veremos hasta cómo se mueven sus costillas. Porque sobre todo, Mick Jagger no va a estarse quieto. Con movimientos muy bien sincronizados a su cuerpo enjuto, aunque con algún toque de ramalazo epiléptico, el cantante pizpireta se pasea bailando por todo el escenario, recorriendo sin agotamiento un pasillo que le acerca al centro del campo, saludando en español e intentando que, durante las más de dos horas de concierto, el show no decaiga nunca. Porque este show no viene por las pantallas (que las hay), ni por el juego de luces o proyecciones (que también lo hay). No, esto no va de montaje audiovisual ni pirotécnico. Esto va, simplemente, de ellos.

Junto a Mick aplaudimos a ese Ronnie que, desde compartir mojito y atardecer en Formentera hace unos años, nos cae más que bien. Ronnie Wood aparece con camiseta roja y zapas del mismo tono, y sin parar de sonreír, se marca un Angie que nos deja a todos alucinados. Nos rendimos, sin duda, a los acordes de Keith. Richards es mucho Richards, y con una cinta en la frente al más puro estilo rastafari y unas gafas de sol para protegerse de esa noche que tan poco le confunde, hace sonar sus mil y una guitarras de forma magistral. Jagger, de vez en cuando, le acompaña con la armónica. Y no, no nos olvidamos de Charlie Watts, que impasible y sin despeinarse, gestiona con arte su batería y se convierte en boca de Jagger en…. “el torero Charlie Watts”.

Nos dan la sorpresa versionando Like a Rolling Stone que, según nos cuenta el líder del grupo, la ha elegido el público. Así que somos agradecidos y la cantamos bien alto. Y siguen las sorpresas, entra en escena el ex Mick Taylor, quien nos obsequia con un Midnight Rambler brillante e infinito.

Bailo, me pellizco, desafino. El listado de canciones de la segunda parte del concierto hila temazo tras temazo. El grado de entusiasmo del público se eleva a la enésima potencia. Sonrío, río, y sonrío más. SATISFACTION en modo loop.

Aplaudo sin parar a unas estrellas que, a sus 70 años, han vuelto a recordarnos que llegaron a este mundo, sin ninguna duda, para quedarse.  Sus Majestades Satánicas no mueren. Sus Majestades Satánicas nos hacen vivir.

PD.: GRAAAAACIAS ENORMES A ANA Y PILAR

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