LA ESTANTERÍA

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A pesar de que su vista no le permitía leer con facilidad el título, no le costó encontrarlo. Sabía que era el número cinco por la derecha de la estantería de los favoritos, además, con sólo palparlo podía reconocerlo, tapas blandas y resbaladizas, una edición básicamente en negro, con recortes dentro de entrevistas al autor y críticas de cuando se publicó la obra,  algunas esquinas de páginas dobladas…

La estantería  había sido bautizada con ese nombre desde el primer día. Uno tuyo, uno mío, ese había sido el trato. Cuando coincidían,  porque él lo leía primero y se lo dejaba a ella,  o al revés y resultaba que les encantaba a los dos, lo colocaba quien le correspondiera el turno. Cuando ya no cabían más, tenían que quitar algún  elegido para dejar paso al nuevo libro predilecto. En total, siempre cincuenta, en total, más de cuatro décadas seleccionando.

Lo cogió  y se lo colocó debajo del brazo, ayudado por ese bastón regio acabado en forma de huevo dorado fue arrastrando de forma muy lenta unos pies que a ella siempre le habían parecido tan extensos, y que ahora ya, la mayor parte del tiempo, permanecían amparados en esas zapatillas de cuadros tan peladas, unas zapatillas que se negaba a cambiar, con lo cómodo que estoy, les refunfuñaba a sus hijas. “¿Estás ahí cariño?”, la voz quebrada y afable de su mujer sonó desde el dormitorio. “Sí, tranquila, voy a estar un rato en el despacho escuchando la radio”.

La estantería, que había aguantado el peso de los diferentes tomos durante todos esos años, con manchas en la madera imposibles de quitar (si te acercabas veías cómo la carcoma había dejado alguna que otra huella), estaba siempre sin polvo, a pesar del poco movimiento que sufría desde hacía años. Sus nietos, que durante un tiempo solían pedirles títulos prestados, ya se los conocían todos y ellos, desgraciadamente, ya no compraban nuevos ejemplares. Ni después de la operación de cataratas, ni con la ayuda de la lupa que su hija mayor les había regalado, en las navidades de hacía siete años, conseguían leer con claridad.

Hacía unos días le había pedido en secreto a Rosaura, la chica panameña que se ocupaba de las labores de casa y la comida, que le comprara papel de regalo, rojo, “que para eso es su color favorito, y si es brillante mejor, anda” y que lo escondiera en el cajón del escritorio, ese cajón donde además de las facturas, guardaba la estampita de San Antonio, al que no rezaba nunca pero siempre le había caído bien. Así que esa mañana se dispuso a envolverlo, se hizo además  con un trozo de folio y acomodándose frente a la mesa, se subió las gafas ayudándose con el dedo índice, al mismo tiempo que hacía la mueca de siempre con la boca, con la que arrugaba el labio hasta toparlo casi con la nariz, y que ella, aún ahora, solía imitar para hacerle reír. Se esforzó porque esa caligrafía desgajada, solo posible de ser entendida  por ellos dos cuando conseguían ver las letras, fuera clara.

Bastaban cuatro palabras, cuatro palabras que serían su regalo. Colocó la nota con cuidado en la última página, sabía que ella buscaría ese párrafo, que le pediría a él que lo repitiera, de memoria. Sabía que entonces sonreiría, como lo había hecho hacía cuarenta y cinco años antes, la primera vez que él se lo leyó, con esa voz alta y distinguida. Como hacía aún cada aniversario, cuando él, ya con voz débil y entrecortada, volvía a susurrárselo.

Mª Eugenia

PD.: “Quiero hablar contigo – le dije- . Tengo muchas cosas que contarte. Eres lo único que deseo en este mundo. Necesito verte. Quiero empezar una nueva vida a tu lado”. Tokio Blues, Murakami.

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