UN FUTURO SUSPENDIDO

Se mantuvo de pie, encogida bajo sus brazos en cruz, mirándole desde la puerta algo gastada de la habitación.Su cuerpo no era ya tan esbelto, sus movimientos no se coordinaban con la misma agilidad que en esos partidos de  tennis, cuando eran novios, pero al verle subido en la escalera, volvió a estremecerle ese  cosquilleo adolescente.  Se había quedado inmóvil de forma inconsciente al entrar, en silencio, fijando la mirada en su marido, en espera, asaltada por una de esas situaciones en la que sin aviso, por una milésima de segundo, eres capaz de sentir algo de nuevo que te agita,  sin saber qué es, sin saber por qué, sin saber si te gusta del todo.

Él, con su pelo rizado algo alborotado, hoy mucho más cano, estaba enfrascado en la tarea de volver a colocar el sol en el techo.  Era la quinta vez que se caía en apenas unos meses, hasta entonces, un hilo escuálido atado a un clavo había sido suficiente para sostener esa figura coloreada de papel maché que, desde el nacimiento de Matías, adornaba el cuarto.  Era redondo y no muy grande, con unos pequeños bultos que suponían rayos, pintado sin uniformidad, en tonos cálidos, sobresaliendo el rojo, una sonrisa y unos ojos lo humanizaban de forma graciosa.  En los últimos tiempos, el sol parecía pesar demasiado, en los últimos tiempos, de forma permanente, y cada vez con más frecuencia,  aterrizaba en el suelo.

“…..Pero ¿por qué se empeña cada vez  en que el sol siga suspendido? ¡qué importará! …Si está ya sin color…”

Fueron cinco minutos en los que apoyada en la pared sólo escuchó los débiles golpes del martillo, las lentas respiraciones de él, cinco minutos en los que no pareció producirse esa sensación de percibir, sin ver, que alguien te mira y comparte espacio contigo.  Simplemente al acabar y bajar la vista, él se encontró con su figura, con su cuerpo proporcionado, con su rostro afilado.

“Ah, ¿estás ahí?, su voz ronca sonó tranquila, “anda, acércame por favor la botella de agua, que estoy muerto de calor”.

Descendió, al unísono los dos se desplazaron al sofá color chocolate, ese sofá demasiado grande y demasiado rígido, solía quejarse ella, a ese sofá donde como venía siendo costumbre, se sentaron sin hablar.  La puerta entreabierta dejaba ver el sol zarandeándose como el péndulo de un reloj, quizás aún impulsado por el manoseo que había  sufrido,  quizás  impulsado por el viento sereno que entraba por la ventana.

“¿Qué te vas a poner mañana? …tu traje negro está aún en la tintorería”.  Su voz llena de afecto era débil, cansada. Alfonso encogió los hombros, y siguió ordenando la caja de herramientas.  No le interrumpió, desde hacía meses cualquier pequeñez le servía para entretenerse, para romper el tiempo.

A pesar de ser uno de esos días de julio en los que cualquier roce de tela te asfixia, Lucía se levantó a buscar un jersey, arrastrando los pies, jugando a hacerse un moño con su melena, con sus manos heladas, sacudiéndola tontos escalofríos.   De nuevo se detuvo de forma automática en la habitación.  Todo estaba en un orden tenso, se fijó en ese tren descascarillado, envuelto en polvo, palpó con fuerza y de forma innata esas paredes, que resistían en un azul ya casi blanco.   El sol, entonces sin balancearse, caía erguido desde arriba, en la posición en la que pasaba la mayoría de las horas, la línea recta de su sombra partía la habitación en dos.

Sus ojos rasgados y verdes se humedecieron, los brazos de Alfonso la rodearon, la acariciaron con lentitud, haciendo que cada minúsculo poro de su pálida  mejilla retomara consistencia, le apartó el flequillo para darle un beso en la frente, le arrastró las lágrimas hasta diluirlas, le pasó las manos por esa pequeña cicatriz que tenía en la barbilla. Volvió entonces al sofá y al instante el ruido de la televisión se apoderó de la casa. Desde el accidente, del que mañana se cumplían  tres años, ese trasto sonaba cada vez con más fuerza, se le hacía insoportable el eco de presentadores, de las noticias.

Como las dos veces anteriores, la vuelta de la misa no fue fácil, de nuevo obligados a revivir recuerdos, unos recuerdos encarcelados que como una sábana de repente se airean, aflorando como una bandada de emociones que te empapan, sin dejarte escapar. Ella andaba despacio, su cuerpo frágil desaparecía entre ese vestido de gasa oscuro que hoy parecía quedarle enorme. Alfonso le apretaba las manos con una fuerza incluso dolorosa, no las separaron hasta abrir la puerta.

Al cabo de un rato la casa se invadió de olor a pizza, se sentaron a cenar, surgiendo comentarios intrascendentes. Ella, como siempre, hablaba rápido, moviendo su melena, acompañándose de gestos, Alfonso la miraba con cierta diversión,  siempre jugaba a no perderse con el ritmo de sus palabras. Le sirvió una copa de vino mientras lamentaba lo que le había contado su hermana, que lo había dejado con el nuevo novio…

“ei, oye.…….no me escuchas, ¿verdad?”.  Aparecieron esos hoyuelos en los mofletes de Alfonso, que asentía con la cabeza…

De camino a la cocina volvió a divisar ese sol colgado, no pudo evitar ver cómo caía a una velocidad fulminante, no pudo evitar estremecerse ante el ruido estrepitoso del choque de sus rayos contra el suelo.  Y entonces, ella misma subió las escaleras para luchar contra ese escuálido hilo, y entonces, ella misma aferró de forma firme el sol al techo.

PD.: este sol lució durante mucho tiempo en el 7º 2o de Pedro Teixeira 10, un bonito y cariñoso regalo. No se cayó nunca.

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