DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA

Todo había empezado un febrero tramposo, un día de esos en los que cuatro rayos engañan calentando el invierno hosco que había llegado para quedarse. Todo había empezado con un abrazo parco, unas risas espontáneas, con algunas caricias disimuladas, juegos tontos de palabras. Los momentos se sucedieron rápido, un día, y luego otro, sin percatarse de que no eran ellos los que marcaban el compás, con la necesidad de destaparse un poco, con el interés de escrutar al otro,  con la atracción de dos cuerpos que quieren bailar y dos cabezas que se retan, sin darse cuenta ninguno que esos besos inofensivos pedirían madurar, sin darse cuenta ninguno  que se adentraban en un paraje vacío de indicaciones.

Él, con su cara de niño y años en la espalda, se había acostumbrado a sortear el peligro aferrado a un recuerdo con nombre propio, un recuerdo envuelto en imágenes desdibujadas que reconstruía con palabras hermosas, para que no se le  escapara, que alimentaba con sensaciones que hurgaba detrás de cada ínfimo momento, cómodo en ese presente dinamitado por un pasado, cómodo fantaseando con un futuro anclado a raíces secas. Un recuerdo convertido en escudo, que  había solidificado sus sentimientos formando barrotes impenetrables, protegiéndole de la posibilidad de tocar fondo de nuevo, anulando un horizonte de verdadera libertad.

Ella, ágil y esbelta, jugaba a mantener su equilibrio, atreviéndose sólo a deslizarse de puntillas, de esta forma, al retroceder, las huellas no estarían nunca demasiado marcadas, sería más fácil el retorno a cualquier punto de inicio. Ella, cariñosa y fría, se asustaba de forma inconsciente siempre que esos ojos inquietos, en los que disfrutaba buceando y averiguando qué pensaban, mostraban indicios de salvación y rogaban algo más.

A ese invierno le siguieron primaveras a medio color. Arrugaron algún que otro verano, soplaron sin fuerza diferentes otoños. A ese invierno le siguieron lunas con lágrimas, despertares con desasosiego, tardes en busca de porqués, mañanas de certeza, estrellas con deseos. A ese invierno le siguieron despedidas sin adiós y reencuentros sin holas, silencios con palabras y conversaciones esquivas, sonrisas inseguras y miradas sin reproches.

Hoy, uno de esos días de marzo en el que las temperaturas comienzan a arañar grados,  amanecen con sus pies entrecruzados, sus cuerpos desnudos, despojados de cualquier sábana. Ella achicada bajo los brazos de él escala hasta rozarle la mejilla, dándole besos suaves y cortos, buscando sus labios. Sigue trepando, hasta llegar a su oído, al que con valentía susurra unas palabras. Él, entonces, se abraza a ella más si cabe, la oprime en su pecho y asiente con la cabeza. Él, entonces, se abraza a ella más si cabe, le aparta ese cabello rizado que le cubre la cara, y cómplice, observa cómo sonríe.

Mª Eugenia

PD.: Dedicado a él y a ella. Se lo merecían.

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