Y Dios bajó a los infiernos…

Una tiene la costumbre (aquí cada cual que ponga el adjetivo que guste: santa, buena, mala, tonta, yo no lo tengo claro) de, cada cierto tiempo, tomar cariño a un personaje público vivo (a los muertos también, pero en este post no vienen al caso) para, sin prisa pero sin pausa,  ir haciendo evolucionar ese primer afecto hasta la máxima admiración. Todo empieza por un artículo o un libro, un película, un partido, unas palabras, una canción…(si es de sexo masculino, por supuesto,  puede haber influido el físico) para, a partir de entonces, empezar a “indagarle” e ir aumentando el agrado a medida que hurgas en su personalidad. Trasciende ya su propia actividad notoria y empiezan a calarme unos valores compartidos, que sin convertirlos en ídolos (que yo recuerde, del único que  he tenido un póster en la habitación ha sido de Fernando Martín), consiguen que pueda autoproclamarte su auténtica groupie. Doy ejemplos,  hablamos de David Trueba, Ricardo Darín, Patti Smith, Barack Obama, Rafa Nadal, Toni Garrido. Y podría seguir.

Hace unos años, y “por culpa de” (unas semanas atrás diría que “gracias a” :-))) Hugo, entró en mi vida Enric González (E.G). Si no sabes quién es, ya tardas. Periodista de Barcelona, que se ha recorrido medio mundo como cronista político de El País, para entre artículo y artículo, colaborar con JotDown, publicar sus Historias por Roma, Londres y Nueva York, e ir abriendo blogs según su interés del momento. Exquisito fue Dibuje Maestro, coincidiendo con la Eurocopa 2010. Sus narraciones son evocadoras, su opinión crítica, y sus valoraciones fulminantes, de corte progresista con la cabeza siempre bien amueblada. Si le sumamos además que es periquito (piel de gallina leyendo Una cuestión de Fe), y que habla siempre enamorado de su mujer, Enric González no podía tener otra categoría que la de Dios.

Y resulta que dicho Dios, haciendo gala de esos valores que una le ha asignado, hace unos meses decidió abandonar El País, como resultado de la nefasta gestión de la dirección de Prisa, manifestando en una carta pública su crítica hacia el comportamiento de Cebrián. Su acción fue aplaudida entre su público fiel, le sirvió para erigirse en héroe entre todos los despedidos por el ERE de dicho diario, y se llevó infinitas loas en las redes sociales (os podéis imaginar quién fue la máxima agitadora de su épico gesto). E.G se configuraba en Divinidad con todas sus letras. Al cabo de sólo unas semanas pude verle en una conferencia, en la que aguantó con clase las preguntas que le hicieron al respecto, dejando su futuro incierto.

Cuál fue mi sorpresa cuando hace unos días  Pedro J. anunciaba en twitter el fichaje de E.G por El Mundo. Lo vi al instante, creí que leía mal, pero fue TT en segundos. Me invadió el enfado, una decepción inaudita.  La figura noble se vendía a otro capital, tampoco muy limpio. Así de entrada, lleig. Intenté aplicar la razón, comprar eso de que “tendrá que comer”, “seguir en el candelero”, pero a nivel moral, me patinaba. ¿Para qué entonces haber ondeado, meses atrás, la bandera de la coherencia y honestidad?

He estado varias días mosqueada con el tema, con malestar cada vez que oía referencias a E.G (y últimamente son muchas), luchando yo misma por recolocar al personaje, viendo cómo salvarlo.

Hoy habrá salido ya su tercer artículo en El Mundo, lo cogeré en un rato con ganas.  Hoy ya la distancia de seguridad está fijada.  Hoy E.G es ya sólo Enric González. Un gran periodista, pero una persona normal. Y las personas normales, no merecen pedestal.

PD.: este post lleva pensándose desde que ocurrió el hecho, al margen del poco tiempo que dispongo ahora por mis exámenes, no hubiera sido el mismo final hace unos días. E.G se ha salvado esta semana. Ya se me ha pasado.

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