Bienvenidas al Sur….

Desconocemos aún por qué fue el destino escogido. Sí, había unas premisas claras: playa, sensación de veraneo algo ignoto, que diera juego a nivel de risas y más risas, y que el bolsillo,  dadas las perspectivas otoñales tan sombrías que se presentan, no fuera a resentirse demasiado. Y de repente, ahí estábamos, volando hacia La Puglia. Que no, que probablemente tú, aunque te suena correctamente a Italia, tampoco sabes situarla. Hablamos del tacón de la bota, sí, esa zona que por un lado saluda a Albania (porque además Otranto, nuestro campamento base, se encuentra abajo, abajo) y se moja por el Adriático, y por la otra bebe del Jónico. Por supuesto, ni una guía de la región en las librerías especializadas de Madrid o Barcelona, aunque sí un mapa de carreteras que, tras una semana, quedó totalmente amortizado, y alguna que otra recomendación de nuestros contactos en el país, que tampoco estaban muy puestos en esos lares.

A pesar de acompañarnos hasta la escala de Milán, pronto nos dimos cuenta que ese preciado glamour italiano no iba a ser lo cotidiano en nuestras vacaciones, los acompañantes del vuelo a Bari comenzaban a hacernos entrever que el nivel  de la semana de la moda no era justamente lo que íbamos a encontrarnos. Y tras unas cuantas horas aéreas y dos horas y pico de carretera, cual ragazzas auténticas en un Fiat 500 (y yo feliz!!) emprendíamos nuestra aventura en el sur de Italia.

Porque La Puglia es el profundo sur, rollo el nuestro, pero a lo italiano. Como en las películas. Pueblos blancos y bellos, de calles estrechas perfumadas con el olor de coladas tendidas en los balcones, que han crecido sin gracia pero sin alturas, que conservan iglesias elevadas y con encanto cuyas patronas preservan el lugar, donde Federico, moreno y de piel tostada, con camiseta sin mangas y bañador de slip (o mundialmente conocidos como marcapacas), y por supuesto sin casco, lleva a su bambina de ojos claros en la vespa, donde la mamma  con curvas, en la playa, a más de cuarenta grados, ofrece pasta para todos, donde los hombres en voz alta y con un dialecto parecido al griego, hablan y hablan, de lo que sea, rompiendo el mito de que el sexo masculino es parco en palabras, donde los carabinieris, cual disfrazados de los años 60’s, hacen señales inútiles, donde los mozos te halagan sin final y al enterarse que eres española te dedican, guitarra en mano,  sus canciones más románticas, donde las abuelas, cuando la tarde cae, sacan sus sillas a las aceras para saludar a esos expatriados autóctonos que tras arañar estudios o dinero en el norte, año tras año vuelven en época estival y que, en la hora del aperitivo, se dirigen a abrazarse en el lungomare, mientras se percatan que tres signorinas de Barcelona (no, ni un alma española en todo el viaje, y sólo alguna francesa) han caído por la zona.

Y tras la sorpresa inicial (es lo que tiene no tener ni idea de lo que te ibas a encontrar), al pasar los días, te vas arraigando a esa gente, a ese ambiente, a los tranquilos paisajes, a una costa perfecta que vas divisando a través de kilómetros de Litoranea, mientras la radio configura una lírica y sentimental (innata a la música italiana) banda sonora del viaje, que cantamos cada vez más convencidas.  La Puglia tiene una luz nostálgica que ilumina innumerables campos de olivos y llena su mar de infinitos azules que vociferan que te sumerjas en su agua nítida, pero tendrás que esquivar esas playas de arena cuyos fashion Lidos han cubierto de  tumbonas, sombrillas y hordas de gente y encontrar hueco entre las rocas, en las cuales, desconectada por un rato del móvil, evadiéndote a través de libros, carcajadas, reflexiones y tontunas femeninas, y oyendo sólo el rumor del agua (y alguna que otra conversación, porque callar, lo que es callar, no saben) sonreirás mientras te recreas en ese tan preciado Dolce Fare Niente.

La Puglia ha superado con creces los requisitos exigidos. Nos queda todavía su parte norte. Volveremos…magari….

P.D.: los pueblos que por supuesto no hay que perderse son Lecce, o la Florencia del Sur, Ostuni o la calma personificada, Alberobello con la musicalidad de su nombre y sus trulli de patrimonio de la UNESCO, y Polignano a Mare, para comer en la Grotta Palazzese.  A partir de ahí…..suma y sigue….

 

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