Un Dios Salvaje… o tu Dios salvaje.

De las sensaciones más incómodas que se tienen es la de reírte de algo que de gracia tiene poca, ese instante en el que te brota la carcajada pero en tu interior resistes un pellizco que hiere, y ese Pepito Grillo te susurra, ¿eh, pero de qué te ríes, no podrías ser tú?.

¿Te ha pasado, verdad? Pues sólo soportando esa dualidad vas a ser capaz de disfrutar de Un Dios Salvaje, la obra de Yasmina Reza que se proyecta desde hace unas semanas en la gran pantalla de la mano de Roman Polanski, y que cuenta con Jodie Foster, Kate Winslet, C. Waltz y John C. Reilly como protagonistas.

La autora francesa, de nuevo, al igual que hizo con Arte, recurre a un hecho trivial para dar paso a una descarga de emociones. Si en la obra que vimos en el teatro con Darín o con Flotats como estrellas, era un simple lienzo blanco el que hacía estallar una disputa de verdaderas personalidades entre tres amigos, hasta la  fecha bien avenidos, pero quizás realmente extraños, en Un Dios Salvaje es una clásica pelea entre niños la que provoca el encuentro entre dos matrimonios, padres de las criaturas, que se citan para arreglar el problema de forma civilizada y acaban por poner de manifiesto todas sus fragilidades, mostrando esa, o mejor abramos al plural, esas facetas que solemos tener escondidas y que, en una situación tal vez absurda, un simple momento que se va cargando de tensión, afloran de la manera más incontrolada arrastrándote hasta tu interior más subterráneo.  Un interior del que tú no tienes dudas, pero que juegas a ocultar no sólo ante los demás, sino ante ti mismo, esos pensamientos que prefieres esconder para no derrumbar una realidad que se sustenta en huecas columnas de cristal. Pero una vez la máscara empieza a desprenderse, no hay freno de mano posible. Y así, como quien va pisando el acelerador consciente de que el único final es chocar, en la película los diálogos se encadenan con una agilidad de vértigo, desnudando con atrocidad los «yos» de cada uno, demoliendo esas supuestas vidas perfectas y dando paso a su lado más mísero, a unas debilidades que tal vez son simples imperfecciones con las que hay que convivir, pero que se han convertido en dinamita tras haber sido encubiertas bajo el disfraz de la apariencia.

Polanski, como maestro que es, utiliza de forma formidable el espacio, como en la obra original, la mayor parte de las escenas ocurren entre las mismas cuatro paredes, los personajes se mueven en el interior del comedor, asfixiándonos, recorriendo un túnel cada vez más oscuro. Y te ríes con fuerza, pero hay que vomitar para sacar, o beber para tragar, porque sabes que el carril de la vida sigue, ahora quizás menos recto, ahora sabes que sólo tú podrás girar en las curvas, sólo tú mismo podrás domar a ese Dios salvaje que, sin haberle dado la orden, ha despertado…

P.D.: Los cuatro papeles son dignos de exprimir y los actores se lucen, pero Jodie Foster lo borda en su rol de una Veronique perfectamente frustrada, y yo disfruté especialmente con las ironías de Alan.


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