Los Vampiros tendrán que crecer.

De la gloria al estrellato a veces no te lleva sólo un paso en falso, sino una simple canción. El sábado 13 de noviembre, en la sala Razzmatazz de Barcelona los chicos de Vampire Weekend olvidaron beberse su Horchata con un público que, hasta ese mismo momento,  se había dejado desangrar con placer. El efecto fue una indigestión de despedida, y un auditorio que sustituyó los ajos  por esos lyrics tan populares: “manos arriba, esto es una atraco”.   Cincuenta y cinco minutos de reloj supieron a poco, y casi treinta euros de entrada sonaron entonces a mucho.  La joven banda de Nueva York, que desde el principio de la noche había capturado tanto a veinteañeros de jeans ajustados, victorias sin lazos, gafas de pasta, y cabellera hacia la cara, como a veteranos aferrados a ese anhelado espíritu de juventud,   voló en silencio hacia la más profunda oscuridad sin descubrirnos el motivo (no se ha confirmado aún que fuera por un problema de voz del cantante).

Pese al desplante final,  Vampire Weekend hizo méritos suficientes para que nos rindamos ante estos cuatro newyorkinos que, acicalados con camisas de cuadros y marca, y camisetas al más puro estilo de la NBA, nos transportan a esos campus americanos donde los imaginamos como room-mates de Mark Zuckerberg,  aunque con habilidades sociales infinitamente más brillantes. Los abiertos chicos de Vampire Weekend, definidos por ellos mismos como Preppies, slang yankee para el mundo pijo, consiguen traspasar ese límite, y relacionarse no sólo con un amplio espectro de público, sino con todo tipo de variedad musical. Erigidos como los nuevos herederos del trono indie, Ezra Koening, Rostam Batmanglij, y los dos Chris (Tomson  y Baio), “chupan” del reggea, la música africana, el ska y las melodías de Paul Simon para conseguir unos ritmos que suenan fáciles pero que penetran con intensidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pensamos mucho las cosas, las maduramos y nos gusta tener todo controlado, desde la portada hasta la escena”.  Lo explica Batmanglij, quien recientemente ha publicado su homosexualidad, a la que se hace referencia en la canción “Diplomat’s son”, y que vuelve a poner en evidencia  esa diversidad de la que buscan ser abanderados, distanciándose del restringido establishment que marcan sus orígenes en la Universidad de Columbia.   Una diversidad que no sólo declaran a través de sus canciones, sino que ponen en escena tatuando las paredes con frases en espiral con las que proclaman un Manhattan plural,  glorifican a  Richard Serra  y su modern art, y denuncian a las Corporaciones inmortales.

Pero una vez más, la experiencia es un grado, y de nuevo aparecen esos pecados de juventud que resquebrajan su voluntad de control.  Su última portada ha venido con polémica por la demanda de esa chica con la que ellos ambicionaban trasladarnos a Malibú, y que ha alegado el uso de su foto sin autorización.

El nombre de Vampire Weekend nació por la relación de su cantante con una película en la que dichas criaturas fantásticas eran protagonistas.  El de su último álbum, Contra, es un homenaje al videojuego creado por Konami, en la que el premio es para los soldados más ágiles, más rápidos, más intrépidos.  Así es hoy el espíritu y la música de esta banda. Tendremos que esperar a ver si estos chicos nacidos de la cultura de los vampiros y la tecnología alcanzan la madurez sin perder esa energía revolucionaria y adueñándose de ese control necesario para seguir creciendo con el descaro con el que nos han capturado.

 

P.D.: A raíz de su canción Horchata, han sido invitados a una degustación por  el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Chufa de Valencia, a pesar que a la que se refiere la banda es de origen azteca.

P.D.: Como teloneros disfrutamos de unos adolescentes Jenny and Johnny, que bajo melodías dulces y una inmensa voz femenina, se llevaron el beneplácito de la sala.

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