Nihil Obstat

«Nunca sucumbí a ésa (en el momento en el que el autor escribió el libro aún se acentuaban los demostrativos ambiguos) ni a ninguna de sus muchas tentaciones obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También la moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo verás.” (Fragmento de Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez).

Y no sé si es un asunto de “tiempo”, pero desde luego, si de “el tiempo”. Y resulta que en este tiempo, en el que nos habíamos creído que el individuo es libre, y las niñas de 16 años ya adultas, la moral vuelve a ser asunto de Estado con fines partidistas, pero en este caso, dando la vuelta a la tortilla,  para que los más progres se disfracen de dignos mojigatos del Tea Party, y los pesos pesados del ring conservador se suelten la melena para  defender lo políticamente, desde luego, incorrecto.

Retrocedamos en el tiempo. Volvemos a ese mayo parisino, en el que  “un día, un profesor salía de una librería en la que había estado comprando libros, y al pasar al lado de un grupo de  CRS (policía antidisturbios) inmediatamente se pusieron a golpearle. Su jefe debió de darse cuenta de que no era un estudiante sino una persona más respetable, y ordenó a sus hombres que le dejaran. Uno de ellos gritó. “Pero jefe, ¡llevaba libros!” (fragmento de Mayo del 68 y sus vidas posteriores, de Kristin Ross).  42 años más tarde parece que vamos a tener que recuperar ese “Prohibido Prohibir” clamado en el 68, para volver a cuestionarnos qué autoridad dispone de la legitimidad para decidir por nosotros qué queremos leer, qué queremos ver, o qué queremos escuchar, pero aún más peligroso, qué queremos crear.  Acatamos con lógica y respeto que nuestras actuaciones estén reguladas por  un código legal, que si violamos, nos juzga con delito en menor o mayor grado según haya sido nuestra osadía.  Pero fuera de ese ámbito,  nos abocamos al mundo de la moralidad, un espacio etéreo en el que los muebles los elige cada uno, y la decoración es un gusto del particular.

Un periodista y bloguero riguroso me decía hace un par de días que debía comprar (y leer) el libro “Dios los cría…y ellos hablan de sexo, drogas, España y corrupción…” para poder desarrollar mi argumentario de este post. No pienso desembolsar un euro (ni un minuto) en Sánchez Dragó, de quien habiendo leído en su momento El Camino del Corazón, disponiendo sin estrenar de El Sendero de la Mano Izquierda, habiendo pecado con la lectura de alguna de sus columnas en El Mundo, y habiéndolo investigado  en su Diario de la Noche, me produce rechazo y escasa consideración como escritor y periodista. Por supuesto, hoy nula como persona. Sus pasos de cangrejo en esta polémica han sido  poco creíbles y huelen a llamada de la Lideresa para velar por Telemadrid y su electorado. No dudo de lo autobiográfico del polémico pasaje: “No eran unas lolitas cualesquiera, sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda” (…) “Tendrían unos 13 años” (…). “Subí con ellas y las muy putas se pusieron a turnarse”.

Así que  el marcador se decanta hacia la  repulsa de su actuación, el aburrimiento de su estilo, su oportunismo político, y hasta quizás la necesidad actual de dimitir de su cargo televisivo, pero… ¿se merece la expulsión del mercado literario?. ¿Quién decide que la literatura no aguanta la vida real….y mucho más?.

Y hablo de la polémica de Sánchez Dragó, pero también de la exposición del irreverente Larry Clark en el Museo de Arte Moderno de París vetada para menores de 18 años,  de la película “A serbian film”, que ha sido censurada y prohibida en las salas como consecuencia de una demanda de la CONCAPA, pero que ha recogido el premio del público en La Semana de Cine Fantástico y Terror de San Sebastián por “convertirse en símbolo de la libertad de expresión”, o de la foto de Mapplethorpe, retirada en facebook para la promoción del disco de Scissor Sisters, por mostrar unas nalgas demasiado pornográficas.  Y si nos vamos un poquito más lejos, hablamos del caso Polanski, de la literatura de Henry Miller o de Nabokov, o incluso de esas putas tristes del alter-ego de García Márquez.


Nuestros veredictos deberían limitarse a formar nuestra consideración artística de las obras y nuestra visión personal sobre el autor, a sentir o no simpatía, a comprar o no su libro o entrar o no en su exposición. Pero no nos convirtamos en jueces de lo qué deben crear. La obra es suya, la vida es suya, y si no es delito, es sólo su responsabilidad moral. Y por mucho que Benedicto XVI nos haya visitado este fin de semana, la moral la construye uno. Que cada cual se retrate como artista y/o como ser, para que cada uno de nosotros podamos opinar sobre sus obras y/o su persona.

No juguemos a virar nuestro concepto de moral para ganar votos, porque los cambios de torna, igual que las declaraciones de Sánchez Dragó, no son creíbles. La libertad de expresión no sólo se defiende dando paso a la voz, sino también a las letras, a los cuadros, a las fotografías o a las películas.  Pero sobre todo, creyendo en la madurez del público, y defendiendo que sea él quien decida.

P.D.: he tenido que porner el trailer corto de A serbian film, porque personalmente, me ha costado aguantar el de 5 minutos.

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