EXPULSAMOS A LOS GITANOS. ¿Y nosotros hacia dónde vamos?

Sucedió hace casi 10 años. Estábamos en un pueblo de la India. He borrado su cara, él tendría unos 30 años, no me acuerdo de su nombre.  Tan sólo me viene a la mente su sueño. “Quiero ir a Alemania. Mi amigo ha ido. Allí podré ganar dinero,  llegar lejos. Quiero ir a Occidente”.

Nos surgió protegerle. “Ten en cuenta que en el otro lado sólo sobrevive el más fuerte, no es lo que te imaginas. Te será difícil entender cuáles son las reglas del juego”.  Desconozco si el chico consiguió cruzar a ese codiciado otro lado, pero me alegro de haberle advertido. Una década más tarde, con un mundo que se autoproclama globalizado, con unas instituciones fundamentadas en vacíos legales, con unos trapecistas políticos que vomitan promesas de igualdad, y con una sociedad civil que sigue mirándose el ombligo, mi consejo hubiera sido el mismo. Porque el “amigo” hindú no quería viajar para conocer el Reichstag, ni para admirar la Puerta de Brandembrugo ni si quiera para reflexionar sobre El Muro. Probablemente, no sabía ni qué eran. Él sólo quería vivir con comida asegurada, vivir en unas condiciones que “según le habían contado”, serían superiores.

Y es ese mismo sentimiento de esperanza, el sentimiento de una vida mejor, lo que en pleno siglo XXI sigue empujando  a africanos, hindúes, sud americanos y gitanos a recoger velas en sus países de origen, y avanzar hacia ese Occidente próspero que atisban como un posible Oz.

Pero como la vida de cuento tiene poco, al llegar descubren que el Mago escasea de habilidades, y que ese arco iris sobre el que saltar sólo está trazado en tonos negros. Descubren que Occidente sigue sin estar preparado, que su corazón sigue siendo de Hojalata, que sigue sin exprimir su Cerebro, y que desconoce aún cómo obtener esa Valentía necesaria para afrontar el problema.

Así que la solución rápida es mandarlos de vuelta, sin zapatos de rubíes pero con 300€ bajo el brazo. Les borramos el sueño pero se llevan aguinaldo, para que no pasen hambre en su retorno, y nuestra conciencia esté saciada.

Esta vez les toca a los gitanos, que al ser la etnia minoritaria más grande, oprimen con demasiada fuerza esa «Liberté, Égalité y Fraternité» que en el fondo, parece ser que no ondea para todos.

Y yo también desconfío de “los otros”. Quizás no estoy del todo cómoda con ellos. Me molesta cruzar Bravo Murillo rodeada de samba y reggaetones, y miro con cierto recelo por ciertas calles de Lavapiés. Pero siempre he admirado la multiculturalidad de París, la mezcla de razas que conviven en ese metro y la baraja de colores del equipo de baloncesto galo. Hoy mi respeto se ha venido abajo, y ha crecido mi indignación. Hoy lo que me asusta somos Nosotros.

A los gitanos, como a otras razas emigrantes, los castigamos como “diferentes” alegando costumbres y estilos de vida. Nos llenamos de excusas.  La verdadera  penalización es su nivel económico. Es su pobreza la que nos hace tacharlos de «delincuentes» y expulsarlos justificando «mendicidad agresiva». Y seguro que más de uno habrá traspasado la ley,  el hambre puede provocar instintos asesinos.  Pero esa misma hambre conduce a otros a perseguir unos sueños voraces de ilusión, para los que imponen sólo la voluntad de mejorar y crecer, la fuerza para cruzar al otro lado, y así abrirse camino. Ya que ellos sí tienen la Valentía para hacerlo, aprovechemos sus ganas para integrarlos y crecer juntos. La solución no es expulsarlos, sino acercarlos.

Y no sé cuánto de fácil es convivir  con ellos, pero ahí está la sociedad civil y las instituciones políticas para obligarme a creer que deben estar, para obligarme a recordar que en el otro lado se mueren, y que sólo por eso, hay que darles la oportunidad de vivir.

P.D.: no hablaremos de Holocausto Gitano, no sería cierto. Pero en la misma semana los japoneses nos muestran sus “cámaras de la muerte”. ¿Qué siglo XXI es éste?

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