Un día de estas fechas.

Sonó el despertador y puso un pie en el suelo. Estaba cansado, algo resacoso. Valentina no se había quedado a dormir esta noche, su avión salía pronto. Camino a la ducha repasó las últimas horas. Quizás no se había sentido cómodo con parte de la conversación, pero la noche había sido dulce. Ella, una vez más, había sabido mirarle y entenderle….y ya hablarían a su vuelta.

Viendo la nieve por la ventana, ajustó el gorro a sus negros rizos y decidió coger el coche. Entre las facturas del buzón se colaba la infalible felicitación. “Un año más, te deseamos Feliz Navidad. Ali&Antoine”. No fallaban. Sonrió.

En el coche, los tertulianos de primera hora discutían sobre la reactivación del consumo, y una de las cadenas, daba paso a los villancicos. Sonó la primera llamada del día. “Sí, sí. Estate tranquila. Sí, me da igual, pavo estupendo. Vale. Un beso”. No había año que su madre no consensuara con todos el menú del día 25.
Ya en la oficina, las conversaciones se centraban en la comida del día anterior y el discurso del presidente. Un regalo de un proveedor con unas letras afectuosas ocupaba su mesa, y entre emails e emails, se habían colado dos Christmas, uno de su marca favorita, ofreciendo descuentos para estos días, y el otro de Ramón, disfrazado de Papá Noel, e invitando a todos a una cerveza el sábado. Sonrió. También su tía le escribía para saber de qué color le hacía ilusión la camisa.

Se acercabas las 13h. cuando pensó en darse de baja de la comida, estaba agotado. Su jefe interrumpió ese momento, llamándole con prisas al despacho. “Matías, no vamos bien. Los números no salen, y ….”. Después de una hora de talante, cerraba la reunión: “Pero bueno, ahora no es el momento, ya en enero lo hablaremos y veremos con calma”. Sonrió.

A las 14:30h. entraba en el restaurante. Andaban todos con la primera caña en la mano, poniéndose al día. Lamentó, una vez más, haberse perdido tantos momentos de cada uno de ellos. A pesar de que Luís siempre le mantenía al corriente, era entonces cuando se daba cuenta de lo que daba de sí un año. Escuchándoles se sentía como en casa, le invadía esa confianza que sólo una amistad de tiempo y sincera consigue desprender. Dijo adiós y prometió estar en la próxima. Sonrió.

Llegó a tiempo de la actuación de Claudia. Su ahijada se lo había pedido hacía días. Ahí estaba, vestida de pastora, radiante, diciéndole un hola vergonzoso desde el escenario. Le dio a su hermana la flor de pascua que le había comprado, y acabaron de detallar el reparto de regalos de los próximos días.

Eran cerca de las ocho cuando regresaba. Desde el coche se fijó en la iluminación de la calle. Era como si la ciudad le hablara en cada parpadeo, como si quisiera gritarle que si, que por unos días, era Navidad.

No tuvo tiempo ni de sentarse en el sofá, entró directo a la ducha. Tenía menos de media hora antes de que Alejandra y Pablo acudieran a buscarle.
Estaba cogiendo el regalo del amigo invisible cuando sonó un sms: “Ya he llegado. Te voy a echar de menos. Valen.”

Cerró la puerta. Sonrió.

Mª Eugenia

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