LA SOLEDAD DE LOS NÚMEROS PRIMOS.

Existen entre los números primos algunos aún más especiales. Son aquellos que los matemáticos llaman primos gemelos, pues entre ellos se interpone siempre un número par. Así, números como el 11 y el 13, el 17 y el 19 o el 41 y el 43, permanecen próximos, pero sin llegar a tocarse nunca.
No presté mucho caso a dicha anotación al leer la descripción trasera del libro, aunque era obvio que marcaba el argumento de la obra.
“La soledad de los números primos”, de Paolo Giordano.

Tuve el libro en la mano numerosas veces antes de comprarlo. Breves referencias en periódicos, y un título a priori atractivo me acercaban a él cada vez que entraba en una librería, pero no conseguía dar el paso. Hace unas semanas, María y Pablo me contaron con entusiasmo cómo se habían enganchado al libro.
“¿Es bonito, no?. Bueno…es triste.”

Y sí, te engancha. Y sí, es triste. Hace tan sólo unos minutos que he acabado la última página. No me esperaba un final amargo. Un final que me ha dejado sobrecogida, un tanto angustiada.
La vida es, a veces, sombría, o al menos, en determinados momentos, no hay rosas que valgan. Pero los libros suelen dejarnos soñar siempre con una puerta abierta, una puerta que salva a los personajes.
No es el caso para Alice y Mattia.
Nos los presentan en su niñez, a partir de un momento clave para cada uno, que va a marcar el resto de sus vidas. Dicen que es en la infancia cuando empieza a armarse la mochila que va a acompañarnos a lo largo de los años. Los protagonistas de esta historia se enfrentan, en una edad temprana, a dos situaciones que determinarán el resto de su vida.

A partir de ahí, me adentro con ellos en su pubertad, en su madurez… Y a lo largo de ese trayecto, comparto sus inseguridades, me asombro ante sus curiosas reacciones, que aún así, no me son difíciles de comprender, e incluso llego a identificarme con algunos de sus sentimientos de incertidumbre, de reflexión, de amor y desamor. De su mano, sufro el tambaleo de su recorrido.

Un recorrido que andan juntos, pero separados. “Unidos por un hilo invisible, oculto entre mil cosas de poca importancia, que sólo podía existir entre dos personas como ellos: dos soledades que se reconocían”. Un recorrido que trazan con sus propias decisiones, unas decisiones a veces emocionales, a veces racionales, pero marcadas por ellos, sin Destino que valga.

Del autor poco puedo decir. Con sólo 26 años, es admirable su capacidad de relatar las interioridades de dos vidas, de aproximarnos a los contrastados sentimientos que se reconocen a lo largo de los episodios que narra.

Diréis…pues qué ganas de leer un libro triste, no?. Merece la pena conocer a Alice y Mattia, porque nos acercan de nuevo a la complejidad del ser humano. Y tal vez, nos ayuden no sólo a entendernos a nosotros mismos, sino también a esos números primos que, sin darnos cuenta, conviven con nosotros en nuestro día a día.

P.D.: Joan me decía hace tiempo que los momentos tristes, a la larga, se convierten en bonitos. A este libro, al estilo de los de Murakami, le pasa lo mismo.

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