LO QUE HAY DETRÁS DEL CUADRO

Meses buscándolo. Sin mucha insistencia, con simple atención. Algo tranquilo, algo que mantenga la armonía del espacio, que pueda hermanarse sin insolencias a ese faro y esas olas que, desde Formentera, llegaron primero y lo miran desde enfrente.

Es una mañana en la que camino de prisa para llegar a una reunión, pero me detengo. En realidad, me he fijado en otro que está al lado, con pájaros de colores asentados en ramas. A este lo tapan bolsos y otros objetos. Es una tienda de decoración con cartel que huele a rancio y regalos sin coherencia. Pero lo veo. Está cerrada. Lo que tiene pasar al día siguiente a la misma hora es que también está cerrada. Pero decido hacerle una foto que miro de vez en cuando durante un par de días. Llamo para reservarlo.

Luce ahora sobre mi cama. No tengo ni idea qué quería contar quien lo pintó, si lo hizo cerca del mar, o sólo era un recuerdo. El ejercicio tal vez buscaba ese significado, pero yo le doy el mío. Quiero pensar que a mí me acerca a esa otra vida, esa vida que dudas si algún día será verdad, o de verdad.  A la que me aproximo en los meses de verano, cuando es fácil fantasear con cambios, cuando las altas temperaturas convierten a cualquier pueblo de costa en un destino vital, cuando el silencio adherido a callejuelas blancas y húmedas es solo una opción y no la frecuencia cardiaca del lugar. Un sueño que araño también cuando llega el frío, en escapadas para atrapar el aliento que me ayude a bailar entre el gris álgido de la ciudad, de la que disfruto aún demasiado, pero de la que huyo cada vez con más frecuencia.

Me quedo fijamente contando esos peces que no saben dónde van, que se cruzan con respeto y deciden la dirección según la ola que sortean. El horizonte en el mar es siempre el que ellos y yo queramos dibujar. Presto atención a cómo están trabajadas las “petxines”, no, no serán conchas nunca para mí, por muchos años que lleve lejos, o por mucho que el mar que finalmente haga mío sea el del otro lado de la península.

Y no, es cierto que no será mío. Pero yo sí que soy un poco de él.

 

TARDES EN EL VELÓDROMO.

Como cada día se acomoda y pide un café con leche. Descafeinado, por favor. Claro, sr. Manel, no se preocupe. Apoya el bastón en la silla de enfrente, y aprieta los ojos para mirar la hora en el reloj de la pared. Lleva colgado ahí toda la vida, pero en los últimos meses le da la sensación que a las manecillas también les pesan los años. Aún hay tiempo. Ha podido escoger una buena mesa y observa atento la calle, las aceras han empezado a teñirse de cobre y el sol haces semanas que ha emprendido su viaje de vuelta. Dentro no hay mucha gente. Limpia los cristales con la servilleta aún sin usar y se coloca sus gafas, una patilla está medio rota, así que tarda un par de minutos en ajustarlas bien a las orejas. Hoy estrena una camisa a cuadros, o eso le dice al camarero, retumbando el eco entre los techos altos del local. ¿Verdad que me disimula la barriga?

Ella entra despacito, es menuda, le cuesta siempre empujar la puerta de cristal. Avanza con el bolso colgado en el codo. De piel negro, pequeño, gastado. Con el viento de fuera se le ha movido un poco el moño, y un mechón de su pelo cano se le desliza por su espalda, algo curvada por mucho que se esfuerza en mantener la cabeza erguida. Sin prestarle atención se dirige a una mesa de la esquina. Él la sigue con la vista y hace el gesto de mover los labios, pero no, no dice nada.

El camarero le ayuda a sentarse. ¿Lo de siempre, sra. Carmen? Ella asiente y le sonríe.  Que esté bien calentito, por favor. Aprovecha para desabrocharse un botón del jersey. Espera a que le traigan el colacao y un croissant, y entonces sí, mueve la cabeza de forma rápida, entorna un par de veces sus ojos cansados y azules, y le dedica una mirada breve. Él, por supuesto, está observándola, con fijación. Serio, golpea con rapidez los dedos sobre la mesa y se mueve incómodo sin encontrar la mejor postura. Ella parte el croissant en trozos pequeños, y de vez en cuando vuelve a mirarle, inclina otra vez la cabeza, y una media sonrisa permite que entre sus elegantes arrugas se marquen unos hoyuelos, cálidos, minúsculos.

Al cabo de un rato la ve pagar.  Más o menos ha sido el tiempo de siempre. Ella vuelve a pasar por delante, se esfuerza por agilizar sus pasos al cruzar por su mesa, y mira al frente. El camarero le abre la puerta. Hasta mañana sra. Carmen, que tenga usted una buena tarde. Ella asiente con la cabeza, y le aprieta el brazo.

Se desploma sobre el sofá y empieza a dar vueltas con la cucharilla en la taza. ¿Otro descafeinado sr. Manel? No sé, bueno… ¿Tú crees que mañana volverá?

 

EL LADO BUENO DE “EL PROCÉS”

Han sido unos días complicados. Y largos. Y cansados y cansinos. Y tensos. Y tristes. E inquietantes. Podría seguir buscando adjetivos que los definieran, pero creo que todos, o al menos muchos, hemos experimentado algo de esas sensaciones.

Pero El Procés, o Mi Procés, también ha tenido unos cuantos momentos molt bonics,  asociados a personas y a vivencias. Momentos que he apreciado muchísimo, gestos, ratos,  que me han ayudado a poder ir aguantando con alegría estos infinitos días.

Quiero escribirlos, y lo hago en orden cronológico (que no de importancia), para poder dar las gracias y que no se me queden en el olvido.  Dicen que con el tiempo, lo que permaneces siempre es la parte buena de las cosas, pero por si acaso, yo quiero dejarlos anotados, para que  me ayuden a recordar, siempre, que en este momento histórico, no todo fue tan lleig.

Tres días antes del 1O. En un evento de La Tienda de las Palabras, con un público básicamente de la capital, leímos un poema de mi favorito Joan Margarit y lo hicimos en castellano i en català. Era nuestra pequeña aportación en busca de ese trasvase de afecto. Porque Literatura, va a ser que se escribe igual en los dos idiomas. Y así lo entendieron quienes estaban ahí. Una acompasada sintonía  impregnó todo el acto.  De forma imprevista, además, aparecieron urnas, lo que provocó risas de todos,  que falta ya empezaban a hacer.

Vivirlo. Sí. He tenido la suerte de ser de allí, de trabajar en la prensa manipuladora de aquí, y de que me enviaran de pseudo corresponsal al escenario del conflicto. Me ha tocado acercarme a algún que otro político, pero sobre todo, he sido afortunada de vivirlo cerca de la gente. O con la gente. De poder compartir la intensidad, la de los unos, y la de los otros. Me he cansado de sus cánticos, de sus extremismos, me ha caído la lluvia encima y me ha crujido la espalda. Pero he podido formarme una opinión sin filtros, o  al menos, sólo con los míos.

Un muy amigo madrileño estuvo en Barcelona unos días, por trabajo. Hablamos sin tensión y nos reímos mucho, con, del y sin el procés. Me acompañó a una manifestación, hicimos los dos de periodistas (algo que él es, y yo “fakeo”), que ya es de agradecer porque las horas de las manifas se hacen largas, cuando ya has ido a muchas y no comulgas con ninguna. Pero especialmente le doy las gracias enormes por tener una posición abierta y con perspectiva, y por compartirla, siendo él alguien que vive con poco entusiasmo la política. Por mostrar sobre todo cariño a la gent de Catalunya, algo que parece fácil, pero que no lo está siendo (en estos momentos) para mucho de mi entorno no catalán. Gracias grandes Pachi.

Estos días he recibido ánimos de amigos o conocidos, que además de ilusión, me han arrancado una sonrisa. Pero sobre todo, quiero darle las gracias  a dos personas, que se han incorporado a mi vida hace relativamente poco, pero que me han mostrado su amistad, aun más, en este tiempo. Gracias a Reyes y a Amaya, por sus mensajes constantes de apoyo y de entendimiento desde Madrid. Por haber ido a esa manifestación blanca en Cibeles, y ayudarme enviándome fotos y trasladándome el amor a Catalunya que se lucía y se cantaba allí. Me sirvieron para el periódico, pero sobre todo, me sirvieron a mí.

Si puedo ir andando a un sitio, voy. Así que estos diez días de exilio he aprovechado para recorrerme mi ciudad de nuevo. Para reencontrarme con lugares que en los últimos tiempos he frecuentado poco, que el tiempo siempre es corto cuando se está de visita. He disfrutado al volver a vivir esa Barcelona en la que me perdía  hasta mis 25 años. Me ha divertido bajar con frecuencia al Born, hurgar por el Barri Gòtic, passejar a conciencia per Gràcia. Recordar anécdotas de algunos bares o restaurantes, adentrarme por callejuelas que saben a humedad y te reciben con el mismo caliu. Hasta toparme con Flores Navarro. Què maca és Barcelona!!

La agenda del procés ha sido algo volátil, y hacer planes no parecía fácil. Pero al final ha habido tiempo para ver mis amigas de toda la vida, y a alguno más. Compartir una caña, un ágape, dar vueltas a la conversación del momento, exponer puntos de vista diferentes. Y además, encontrar espacio para ponernos al día más allá de la actualidad. Com sempre.

Joan ha sido indepe desde que lo conozco. Y van ya unos 24 años que nos aguantamos, cada uno con lo suyo. El gran día, ese del Sí_pero_No, tuve la suerte de que me hiciera una visita durante mi letargo en la Avinguda Lluís Companys (siete horas en la calle, os digo, que es agotador). Abordamos, cómo no, el tema, con sosiego y con broma. Nos pusimos a entrevistar a gente (él tiene ese descaro que a mí me falta), nos reímos,  pasamos un rato bueno. Sin asperezas, con sonrisas, con amistad. Eso es posible, sí, por mucho que los políticos se esmeren en destruirlo.

Desconectar. Sí, se puede. He conseguido ver La Cordillera, y volver a estar atenta sólo a Darín.  He conseguido disfrutar de las fotos de Nicholas Nixon, y concentrarme en otros paisajes, otras caras, otras vidas. He conseguido dormir ocho horas por fin una noche.

Y me dejo, seguro,  algún buen momento más. El mar lo vi, pero poco. De Puigi y Mariano nos hemos destornillado con twitter, y el  trabajazo de elplural.com ha sido tan bueno, que que se ría La Sexta.

Así que bendito momento histórico. Las generaciones que vienen lo estudiarán en el colegio. Y yo, además, podré contarles que siempre, siempre, existe el otro lado de las cosas.

UN TROCITO DE VIDA.

PD.: Este texto es de hace unos días. Se había quedado sin subir por problemas de hackeo de esta web. Gracias Javi por arreglarlo. Gracias queridos del taller por motivarnos a escribir :-))))

1 de junio – 14 de junio

No voy a poner fecha en estas líneas que me tocan del Diario Común, o mejor le llamamos Colaborativo, que está más de moda. No la voy a poner porque da un poco igual. Porque voy a ir desordenada en mis días, en mis pensamientos, en lo que cuente. No ha habido manera de empezar cuando tocaba, he intentando guardar “cosas” (y  pongo cosas entre comillas, porque es una palabra fea, pero lo suficientemente grande como para que quepa todo), pues eso,  he intentado guardar cosas en mi yo, ese yo que a veces es cabeza, a veces es piel, momentos que quería compartir, escribir,  por aquello de no olvidar, porque me habían hecho, por un instante,  romper la inercia y sonreír, o ponerme de malhumor, o reflexionar. Pero al final, el día se agotaba y no quedaba nada escrito.

Leía hace poco  un texto de Krishnamurti  en el que preguntaba. ¿hay también espacio en su mente?  ¿o está tan repleta que no hay espacio en absoluto? Si su mente tiene espacio, entonces en ese espacio hay silencio, y de ese silencio surge todo lo demás, porque en ese momento usted puede escuchar, prestar atención sin ninguna resistencia…

Desde luego que en mi mente hay poco espacio. O al menos, poco espacio libre. Sí escucho, y hay silencio, porque lo busco como un tesoro. Pero no se mantiene el tiempo suficiente como para poder conseguir esa soledad necesaria para sentir, sentarme y escribir. Para conseguir esa paz que luego se convierte en guerra, con uno mismo, con el texto, con la historia…pero sin la que es imposible parar y ponerte a contar.

En los últimos meses mi mente está llena de cajones que se abren, se cierran, al ritmo de una marcha militar. Una tarea, y luego otra. Tareas que no sólo son trabajo, también son ocio, risas, que disfruto y saboreo mientras ocurren, pero que marcan mi día a día, y a pesar de intentar ponerles freno, acaban organizando el ritmo de mi vida.

Dicho todo esto, empecé junio muy feliz, dando la bienvenida a mi nueva compañera de viaje, toda acicalada ya ella, tras meses y meses de vaivenes. No tiene nombre aún, de momento es sólo La Furgo. No soy consciente  en qué momento tomé a las Volkswagen setenteras como un símbolo, de libertad, de buenrollo, de otra vida. Ya sé que, como yo, miles de personas, pero va a ser que ahora estoy hablando de mí.  Desde hace años me ha acompañado el sueño o la ilusión, la he tenido en todo tipo de objetos, cuadros, fotos…. Hoy está aquí, es real. Veremos dónde me lleva.

En estos quince días me ha dado tiempo también de desmayarme en la playa, y acordarme de Irene, de su cuento, porque la sensación de su protagonista la tengo también yo cada vez que veo el mar. Sensación de levedad, de que todo lo demás importa menos, o nada. He empezado a arañar el verano, a pasear con chanclas y capazo, a salir a cenar con luz, sin jersey y con las piernas al aire.

He comprado nuevas y extrañas plantas, han florecido alguna de las que ya estaban, algo que siempre me provoca una sonrisa. Salir a la terraza, que me sorprenda una flor que ayer ni me había dado cuenta de que iba a existir, pero a la que he ido cuidando…Pienso que así es un poco la vida. Vas regando, sembrando para que las cosas (otra vez la palabra cosas, en su máxima amplitud) ocurran. No sabes cuándo pasan, y a veces no es exactamente ni lo que estabas esperando, pero acaba dando fruto de alguna manera, el que sea, aunque madure mucho más adelante…

He tenido reuniones, y más reuniones. En alguna que otra hubiera querido matarlos a todos. Me he desesperado, he trabajado, he sentido impotencia, he conseguido algunos objetivos, he mirado para otro lado. Lo peor de todo, o lo mejor, es que volverá a repetirse y me sabrá a conocido.

El domingo observé con cierta atención a mis vecinos del AVE, parejas que se querían en los asientos más que en el sofá de su casa, señores que comían mandarinas, mujeres que gritaban en el móvil. Aun así pude leer periódicos atrasados, babelias, dominicales y culturales, e incluso disfrutar del viaje.

Hace una semana bailé en el RockOLa, ahora me parece extraño acabar una noche danzando. Pero se agradece. Una noche absurda de la que te sigues riendo al día siguiente.  He empezado a ver los Soprano, pero yo desde el sillón, no como Teresa, en su bicicleta. He tenido conversaciones interesantes y otras de pacotilla.

Hoy he visto volar tres mariposas. He sonreído. Bendito verano.

 

MIEDOS

Miedo a empezar esta lista. A compartirla con vosotros. A ponerle límites.

Miedo a ponérmelos a mí misma.

Miedo a no atreverme a perder la cabeza ahora, pero perderla sin saberlo luego.

Miedo a los insectos, cuando están dentro de casa.

Miedo a no preocuparme ahora por no ser madre. Miedo a arrepentirme tarde.

Miedo a las noches de mis adolescentes favoritos.

Miedo a no derrumbar mi pegajosa contención.

Miedo a su vejez. La de ambos. Y  a la mía.

Miedo a las películas de terror, o con sangre, o con tiros.

Miedo a coger rutas que me alejen de mis amigos. O a que las cojan ellos.

Miedo a conducir con lluvia.

Miedo al ruido, pero al que no se oye.

Miedo a desvestirme con la escritura. Y a no escribir.

Miedo a encontrarme con la policía en carretera.

Miedo a no escaparme de los patrones descubiertos.

Miedo a decirte cómo lo he vivido yo, cómo lo vivo. A preguntarte.

Miedo a que un día no me salga una carcajada.

Miedo a que La Tienda de las Palabras no sea un futuro. O a que lo sea.

Miedo al dolor. Al físico. Y al otro. Al de más adentro.

Miedo a hoy querer otra vida. Miedo a no buscarla.

Miedo al insomnio.

Miedo a que haya más miedos, y no enterarme.

IMG_0739Père-Lachaise – Dic. ’16

LAS SIETE.

lassiete

Nadie sabía cómo lograban escalar hasta esos cables, cómo se aposentaban y, mucho más complicado, cómo se mantenían en equilibrio a lo largo de las horas. Ni cómo,  de vez en cuando, conseguían girarse si  les molestaba el sol.

Cuando la ciudad decidía invitar al día, ellas ya estaban allí. Moviendo con suavidad  sus piernas,  unas piernas que, sin importar la época del año, permanecían ancladas en unas medias negras y tupidas. Alguna vez, incluso,  se les caía una de sus zapatillas, de esas con tantos cuadros como años gastados, y se las lanzábamos para que las recuperaran a golpe de bastón.

También, sujetándose con una mano al cable, solían extender el brazo opuesto  hacia arriba, como si fueran a acariciar una nube, y les soplaban besos. Cada una a una diferente, como si las conocieran, y las estuvieran esperando.  Sus caras, entonces, se iluminaban como si fueran adolescentes al volver de una cita.

En alguna ocasión, más de un vecino había intentado quedarse durante toda la noche despierto, esperando atraparlas en acción. Pero era inútil, siempre había algún momento en el que, tras un pestañeo, estaban ya colocadas.

Cómo se alimentaban, o qué pasaba si tenían necesidades, también era algo desconocido. Transcurrían las horas y no dejaban de sonreír. En los meses de más frío, eso sí, subían con abrigo y  bufanda de punto hechas por ellas mismas, que les protegía del fresquito, como solían decir.

¡Porque hablaban, y tanto que hablaban! Sin parar. Que si vaya día tan bonito, que  fíjate cómo me duele la rodilla, que si en la radio temprano ya han dicho que iba a refrescar…  A veces susurraban secretos al cielo. Y en esos momentos, alguna  lágrima de amor les caía.

Conocían el nombre de todos los vecinos, y les gustaba saludarlos cuando pasaban por debajo, desearles un buen día, preguntarles por sus cosas. Los vecinos, en cuanto podían, no dudaban en pararse y explicarles sus novedades, o preguntarles su opinión. Desde allí en lo alto ¿cómo lo veis?, ¿qué pensáis?… y ellas hacían sonreír  sus arrugas y se colocaban bien las gafas. Entonces, volvían a fijar la vista hacia arriba y, tras unos segundos en silencio, en los que solían asentir con la cabeza, les lanzaban un consejo.

Nunca nos dijeron cómo se llamaban. Somos la Uno, la Dos… y así, hasta la Siete. Siempre en el mismo orden sentadas y en el mismo lugar. Era fácil reconocerlas.

No, no, nadie las había visto antes de que aparecieran por primera vez balanceándose sobre los cables, ni jamás contestaban cuando alguien intentaba averiguar su procedencia o qué hacían allí. Pero desde esa primera vez, no habían fallado jamás en varios años.

Una mañana, de esas en las que el viento se lleva las palabras y sólo se escuchan sus latidos, yo andaba con la cabeza buscando la tierra, con unos ojos hinchados y las manos recogidas en puños. Caminaba arrastrando los pies, con un cuerpo que me pesaba en cada paso. Oí sus voces. Nena, hola, nena. Así solían llamarme. ¿Qué te pasa? ¿Qué nos cuentas? Yo simplemente me encogí de hombros, y las miré sin poder despegar mis labios. Varias gotas frías bailaban por mi mejilla.

No recuerdo qué número me habló, pero escucho aún la claridad de sus palabras. ¿De verdad crees que él vale la pena como para subirte aquí arriba y guardarle cuando llegue la hora?

RINONECA.

La encuentras cerca del mar. Pidiendo paso entre las rocas, o rociando vida a los kilómetros de arena. Si la sacas de allí, sólo puedes alimentarla con agua salada.

Sus hojas, que crecen desgarbadas y ágiles, lucen un abanico de verdes y azules.  Cuando la brisa las balancea, puedes imaginarte olas que llegan y huyen, y si te acercas, hasta oír un susurro, como si el mar entonces te recitara sus secretos.

Cuentan en el pueblo, que hace años,  las mujeres de los marinos llenaban sus casas con ellas, buscando escuchar, cada noche, el eco de las últimas palabras de sus esposos al partir.

CAMPANILLA

(Dicen que los escritores al mirar son capaces de ver más allá de lo que hay.  GRACIAS Rose por este regalo. GRACIAS por haber compartido tantos años de tardes literarias, alguna que otra caña, muchas risas y muchas redes sociales. GRACIAS, sobre todo, por dedicarme tanto talento).

 

Tienes las alas escondidas, pero a mí no me engañas, Campanilla.

 Hace tiempo que dejaste de creer en Peter. Ya no lo buscas, sin embargo, por la noche, a veces dejas la ventana abierta.

 Vuelas si te dejan. Con las raíces en tu tierra, familia y amigos, que  a veces te pesan sobre las alas. Y a la vez te hacen cosquillas. Sobre todo tus sobrinos.

Tus alas son de papel. Al moverlas las letras se juntan y dejas una estela de historias, que otros leen. Algunas veces hasta las escribes tú, no tantas como te gustaría.

 Confieso que a primera vista creí que votabas al PP. Afortunadamente, nada es lo que parece a simple vista. Tampoco tú.

 Algo ha cambiado: ahora no alisas tu pelo.

 La parte que más me llama la atención de ti es la que ocultas. Lo mismo que las historias que no escribes, esas son mis favoritas.

 Pisas fuerte. Da igual que te pongas zapatos de tacón que playeras. Te pongas lo que te pongas eres una Carrie Bradshaw.

 Hay algo melancólico en tu mirada que no me reconocerás. Algo profundo. Sonríes. Sin embargo, allí se esconde algo que emociona.

 Sabes disfrutar de un vino tinto y una buena conversación.

Campanilla se mueve en moto por Madrid.

 A veces, te sientes sola en lugares de moda, otras puede que después de todo esperes un poco a Peter. Lo que pasa es que a estas alturas ya no te vale cualquiera. Menuda eres tú.

 Mercader de palabras. Un movimiento de alas y por arte de magia salen a la calle, a los bares, panaderías, tiendas de decoración, mercados de moda y  hasta estaciones de tren.

 El nombre de tu tienda nació de uno de tus mejores relatos.

 Campanilla, librera sin librería. No dejes nunca de volar. Escribe cuando aterrices.

 Rosa del Blanco

dibujos de campanilla para imprimir 1

De valentías cuando tocan…

Para ponerme a explicar las maravillas de Spotlight creo que voy tarde. Ya saben ustedes, hemorragia de periodismo de nivel, de ese que parece que sólo existe en las películas, pero que luchamos para que se impregne en nuestras redacciones. Un tema tan controvertido como la Iglesia, un guapo como Mark Ruffalo en un papel que no me puede atraer más y un líder como Michael Keaton que me hace vivir todos sus segundos. Para el resto de actores, más aplausos. Pero a lo que yo salí dándole vueltas fue a esos SÍES que, en el momento adecuado, van declarando los personajes. En cada diferente etapa del proceso, alguien tira hacia delante. Bajo amenazas, bajo cansancio, bajo temor. Siempre hay un sí que provoca que la investigación continúe. Desde las más altas esferas del periódico, o del poder,  al redactor de turno. Alguien se la juega. Alguien se implica.

Veinticuatro horas más tarde de ver la película, me sentaba a ver a José Sacristán como un millonario podrido de ego en Muñeca de Porcelana. Que su actuación es sublime os dejo que lo comprobéis vosotros mismos. La trama, además, de lo más actual. Hasta dónde el dinero controla el poder. Algo nos suena, no? Pero resulta que ese anciano, por amor, o algo a lo que él quiere llamar así, ha decidido cambiar de vida. Quizás es tarde. Quizás ya no le dejen.

Este medio día he recibido la llamada de alguien con quien hablo muy poco y al que veo menos. Alguien a quien quiero mucho. Por todo lo vivido, por todas esas risas y esa confianza que nos tenemos sólo empezar una conversación. El motivo era compartir conmigo que, tras 18 años en una gran multinacional, ha decidido salir y remar hacia otro lado. Buscar la ilusión en otro horizonte. Un horizonte aún desdibujado, pero que no da miedo. No quiero quedarme con las ganas de atreverme, de haber cambiado yo mi vida.

 Hay lunes que me gustan más que otros.

 PD.: lo más curioso de la llamada es que justo hoy estoy sin móvil.  Utilizando ese otro teléfono, que no suena ya (casi) nunca…

TRES OBRAS Y UNA PELI

Cuando este blog respiraba con aliento, a una, de vez en cuando, le daba por compartir obras de teatro, pelis o libros (ahora, para esto último, visiten La Tienda de las Palabras). Así que vamos a recuperar (buenas o no) costumbres, porque en las últimas semanas mi vida cultureta se ha visto sorprendida por algunas cosas muy buenas….

 ESCENAS DE LA VIDA COYUNGAL

Pues hombre, volver a ver a Darín sobre un escenario (hace años me deleitó con ART) era mandatory. Y de nuevo, el pibite lo borda y su acompañante, Érica Rivas (Relatos Salvajes), está a la altura. Si además resulta que es de Bergman y que la dirige Norma Aleandro, raro hubiera sido que saliera mal. Eso sí, la obra es amarga, o quizás lo de las rupturas y el desamor una lo lleva mal. Pero consiguen que nos riamos, con y sin ironía, y que empaticemos con esa pareja que se quisieron antes de quererse ellos mismos.

CUANDO DEJE DE LLOVER

Que sí, que las herencias familiares, y no hablo de dinero, marcan la vida de todos. Ya puedes trabajarte, luchar por torear los pasados, que la carga de las generaciones familiares tose cerca todo el rato. Y si no, vete a Matadero y conoce a esos personajes complejos, pasa unas vidas (las suyas) con ellos, respira hondo y ponte cómodo. Porque la obra de cómoda va a tener poco, pero vas a quedar impactado con la fuerza del simple montaje y de los protagonistas. Vas a salir dando vueltas y más vueltas a qué va esto de la vida. Y si no has oído hablar de Constelaciones Familiares, quizás ahora, es el momento.

LA TENTACIÓN DE VIVIR

El viernes nos metimos en una sala experimental, que te dicen que por favor no manches la moqueta, y que el móvil ni vibre, que tienes a los jóvenes actores a dos centímetros de ti. Un guión nominado a los Max. De lo más cómico pero a la vez real. Porque nuestra existencia está llena de casualidades, de un azar en el que creer o no, de malos entendidos, de sentimientos ocultos. Cierto que el final de esta obra está poco bordado, pero aún así, aplaudimos bien fuerte.

TRUMAN

Que síiii, Darín de nuevo. Pero es que insisto, uno no puede perderse nada de este actor que no es actor, porque el tipo no actúa, el tipo siente y padece. O mejor dicho, consigue que nosotros sintamos y padezcamos. Y sí, va de una muerte, pero sobre todo, de una amistad (Javier Cámara continua con personajes entrañables), y de la incapacidad que tenemos para expresarnos ante situaciones que no controlamos, o en nuestra vida cotidiana. De sentimientos que necesitan decirse, de abrazos que necesitan darse.


En fin, que estáis tardando. Aprovechad el puente y a  disfrutar de las cosas chulas que hoy nos ofrece Madrizzzzzz