Se miran. Ella balancea una melena rubia que distribuye con simetría sobre sus hombros, esa melena de la que aún desconoce en qué momento entró a formar parte del juego, entorna los ojos sin conciencia, y mueve a su vez de forma airosa su cuerpo, un cuerpo esbelto, escondido bajo un uniforme que suplica ser abandonado, un uniforme al que ya saca partido y controla como si fuera su mejor gala de los domingos.
Se miran. Él tras su gafas y hacia arriba, fantaseando con ese día en el que alcance a deslizarle el brazo por la espalda, él con cara de niño y su pelo negro mal cortado permanece atento ante las palabras suaves de ella, y sonríe, sin poder entonces disimular esa sombra oscura que se ha hecho hueco sobre sus labios, una sombra oscura que marca el comienzo de su propio futuro.
Se miran. Dejan correr unos minutos más, arañando una despedida que se ha convertido en rutina. En tan sólo unas horas volverán a compartir aula, quizás se saludarán en el patio, ella hará entonces corro con sus amigas, sin contarles que espera con impaciencia que sean las dos y media, tal vez a ellas les hable sobre ese otro vecino, el alto y guapo.
Se miran. Él lo más rápido posible recoge los libros y arrastra con fuerza su cartera con ruedas, dice adiós con la mano, desde hace ya meses ninguno de sus amigos le pide que se quede a darle un rato al balón, saben que siempre tiene prisa, quizás, piensan, es que su madre tiene que salir en cuanto él llega.
Se miran. A veces son sólo quince minutos, a veces hasta media hora. Cambian de esquina según dicten los rayos de sol o les empuje el viento incómodo, para poder mantener sus largas conversaciones, tal vez sobre los deberes o sobre el programa de ayer, incluso a lo mejor se atreven con ellos mismos, unas conversaciones que protegen en voz baja, que sellan ese cruce como suyo.
Se miran. Desconocen todavía que, tal vez no dentro de mucho, se traicionarán con otras confidencias, con otras sonrisas, con otras miradas, desconocen que compartirán con otros, otros tiempos, otros lugares, desconocen que, tal vez no dentro de mucho, Mª Juana con Naranjo será tan sólo un recuerdo. Su recuerdo. Y un poco el nuestro.
PD.: dedicado a mis “tortolitos” favoritos, por su bonita historia, y por hacerme sonreír cada mediodía al llegar a Quiero. Y a Miriam, por ayudarme a “espiarlos” y compartirlo conmigo.
La noche anterior la paso en vela, quizás por la emoción de lo que voy a vivir al día siguiente, quizás por la realidad complicada de mis actuales trabajos, tal vez por esas conversaciones reflexivas llenas de risas inteligentes que he tenido cenando con mis amigas del alma, o tal vez por la explosión de todo y algo más. Camino a esa cena he espiado los primeros preparativos, los tenderetes empiezan a montarse en Rambla Catalunya (La Central se come toda una manzana) y Barcelona luce engalanada con banderolas que anuncian su día más bonito. Porque eso es Sant Jordi, el día más bonito de La Condal. En los últimos trece años de expatriada he podido disfrutar de pocos in situ, el resto los he disfrazado desde la distancia, pero este 23 de abril soy afortunada por poder estar en casa, este 23 de abril, además, soy afortunada por vivirlo desde…el otro lado.
Así que amanezco con ojeras pero con la sonrisa colgada y cierto cosquilleo en el estómago. Me asomo a la terraza y veo que el cielo se ha rendido al santo, obsequiándolo con un sol de primavera. Desayuno, pongo en marcha temas laborales, y aprovecho para felicitar vía redes el día a todos, estoy contenta. Ya en la calle observo esas primeras paradas de rosas que oxigenan Barcelona, que la tiñen de romanticismo, que la pintan con senyeras que hoy no duelen a nadie, que provocan sonrisas ciudadanas. Hoy Barcelona está feliz.
Llego a +Bernat, el tenderete de fuera está en marcha, repleto de los últimos títulos, algunos madrugadores ya están eligiendo qué libro van a regalar, así que me visto con la camiseta de uniforme y me instalo dentro, al lado de la caja, con la misión de envolver. La tarea es divertida, retrocedo en el tiempo, a esas tardes de fin de semana que jugaba con mi hermana y mi abuelo paterno justamente eso, a vender libros y envolverlos, una y otra vez los mismos, cogidos de las estanterías, una y otra vez con los mismos papeles de periódico. Hoy los títulos son variados, hoy utilizamos sobres transparentes, etiquetas de la marca y decoramos con rosas de papel. Sobre las 11:30 el trajín en +Bernat empieza a ser ya de nivel, gente tomando café, gente hurgando por las estanterías, desde ese momento hasta la hora de cierre aumentará en grado exponencial. Voy hablando con los compradores, los felicito cuando los títulos escogidos son de mi agrado, haciéndoles sentir orgullosos de sus elecciones, algunos al oírme, incluso se atreven a cambiar sus decisiones, con otros tengo que tragarme mi propio Déu meu, això sí que no!!. El ritmo es tan intenso que de vez en cuando me obligo a arañar un segundo y subir la vista, a otear el movimiento de la librería, a saborear con conciencia, a que no se me escape ninguna sensación.
Hacia medio día se instala Página2 a ofrecer un aperitivo y un cata de libros, +Bernat está ya a rebosar. Sigo con mi tarea de envolver, analizando los rostros de los compradores, que encajan con los libros que se llevan. Hoy todo el mundo compra, el que no lee, al menos uno, para regalar a qui estima, a quienes les gusta la lectura, hasta cinco, para ellos mismos, para toda la familia. El móvil suena, entran emails y whatsappas que no puedo atender, amigos y familia van apareciendo, les dedico poco tiempo, pero les recomiendo títulos y comparto con ellos un ratito de mi felicidad.
Ya por la tarde me voy abriendo hueco entre las hordas de ciudadanos que han invadido la librería, muchos son del barrio, se conocen, es su punto de encuentro cultural que hoy desborda espíritu festivo. Ahora toca ayudarles en sus búsquedas y elecciones, así que empieza la parte complicada. “Hola, Me puedes ayudar? Me gustaría….” Y me piden un libro para su mujer, o sus hijas adolescentes, o para ellos mismos, y no uno….hasta diez….Algunos lectores de nivel, otros sin tener ni idea de las preferencias de su destinatario…me piden policíacos, y una sin leer ese género desde “la” Agatha Christie de mi infancia, me veo hasta recomendando autoayuda, me cae la gota gorda, disfruto cuando el comprador va por mi mismo camino y la dialéctica fluye, me siento examinada cuando un atrevido cliente me pregunta por mis cinco favoritos, me bloqueo recordando mis posts literarios, me río con ciertos comentarios, doy palique…
El día va llegando a su fin, vuelvo a casa agotada y a 38 de fiebre, así que no soy capaz ni de dar el parte de mi felicidad, solo me meto en la cama hasta las 6 de la mañana que el despertador marque mi rumbo de nuevo a Madrid. Ya es día 24, aterrizo en Atocha con dos rosas, varios libros y muchos momentos, la gente me mira raro pero sonrío. Ya es día 24, me toca cerrar paréntesis y volver a mi vida real….pero sonrío…
PD1.: y sí, el momento máxime es cuando un chico se me acerca y me pide los dos últimos libros de David Trueba. Me llena de gozo su elección y se lo digo, me pongo como loca a buscarlos por la librería, Montse me va indicando dónde pueden estar….pero no hay manera. El chico me dice que no me preocupes, y le insisto en que quiero que se los lleve….al final no hay suerte….no aparecen…..
PD2.: gracias a Montse, la más crack, por darme la oportunidad de estar, gracias a Jose y al sr. Enric por darme permiso para estar.
…es iluminarte sólo llegar, por la alegría de volver, porque ya es un poco tuya, y un mucho de los cuatro.
…es esa Torre altiva y presumida que te recibe sosteniendo un arco iris, que baila en la oscuridad con destellos, que te saluda al subir las persianas con un dulce bonjour.
…son mesas minúsculas abrazadas, engalanadas de manteles rojos a cuadros sobre los que jarrones con una única flor bastan para imprimir categoría.
…son tejados asaltados por desuniformes teclas de trompeta, desde donde esas buhardillas en las que te imaginas espiando fuman secretos.
…es un Sena fosco y copioso que espera el reflejo de un rayo de luz para que turistas y autóctonos se desvistan, desmantelen picnics e interrumpan la tranquilidad de sus quais.
…es un suelo mojado y un cielo que juega al embuste y hurga en la primavera.
…es un cantante de ópera, un violinista, un grupo de color componiendo esa banda sonora callejera que marca los diferentes momentos de la incógnita ruta.
…es fichar en Shakespeare&co, pedir tu deseo regalando monedas, y salir con la edición más cool de los discursos de Lincoln (porque él lo vale).
…es reír, comentar, debatir, ponerse al día, hablar de conciertos, de series, de política con Jeremy, Chris y Queen.
…es callejear, una vez más bajo paraguas, por Le Marais y Saint Germain, y no cansarte de volver a abducirte en esa atmósfera distinguida y distante.
…es perderte por ese pueblo campechano y artístico que es Montmartre para encontrarte con plazas que huelen a escondite.
…es hacer una pausa en La Belle Hortense, para degustar un vino envueltos en libros y personajes curiosos.
….es descubrir siempre bellos tesoros en forma de rincones, restaurantes, tiendas, pasajes, y maravillarte ante la perfección de sus detalles.
…son foulards masculinos, gabardinas sin medias, glamour cotidiano, desbarajustes bohemios.
….son hipsters con clase inundando los variopintas garitos del canal de Saint-Martin.
…son kirs antes de cenar, por aquello de sentirte un poco autóctona, por aquello de combatir el horario europeo.
…es recordar esas otras veces, y volver a otras épocas, a otras sensaciones, o a las mismas, porque hay cosas que cambian, y otras que no.
…son floristerías que colorean los paseos, que te obligan a detenerte por el mero placer de mirar, por el mero juego de escoger.
…son corazones sellados en el suelo, que te recuerdan que estás pellizcando la ciudad de l’amour y que lo importante es siempre sentir.
…son vélos de metal que humanizan la ciudad, y formulas o plats de jours, quiches et crêpes que la dan de comer.
…son 800 años de Notre Dame que te permiten esta vez observarla a otro nivel, y aun así sentirte minúscula ante sus arrolladoras historias literarias.
…es un metro descascarillado donde razas y países conviven apretados, evitando roces que duelan, obligándoles al calor.
…es una ráfaga veloz de hermosura y sensibilidad que facilita ajustes propios internos.
…es, esta vez, una despedida que marca una nueva vida al otro lado del océano, una vida que sin duda visitaremos con este hatillo de recuerdos parisinos que son ya parte de nosotros.
PD.: es por supuesto, y a pesar de Ryanair, un bolso en la Île Saint-Louis, porque París sin shopping es siempre menos París…:-))))
“- Sí, es cierto – dijo Sayoko con una sonrisa serena-. No es que te mintiéramos o que estuviésemos actuando ni nada por el estilo. Pero eso no quita que él ahora tenga un amante y que ya no podamos volver atrás. Por eso nos separamos. Pero tú no te preocupes tanto. Seguro que, así, las cosas irán mejor. En diversos sentidos.” /“En diversos sentidos” había dicho ella “El mundo está lleno de palabras difíciles de entender – pensó Junpei”. La torta de miel, Después del Terremoto. Haruki Murakami (libro de cuentos cuyo hilo conductor es el terremoto de Kobe. Sobresale, una vez más, en todos ellos, la dulzura de Murakami. La torta de miel es mi preferido).
“¿Se desarrolla el carácter a lo largo del tiempo? En las novelas por supuesto que sí: de lo contrario no quedaría mucha historia. Pero ¿en la vida? A veces me lo pregunto. Nuestras actitudes y opiniones cambian, desarrollamos costumbres y excentricidades nuevas; pero es algo diferente, es más como una decoración. Quizás el carácter se asemeja más a la inteligencia, salvo que el carácter llega a su apogeo un poco más tarde: entre los veinte y los treinta, pongamos. Y a partir de entonces nos atenemos a lo que tenemos. Estamos solos. De ser así, explicaría cantidad de vidas, ¿no?. Y también -si la palabra no es demasiado ampulosa– nuestra tragedia”. El sentido de un final. Julian Barnes. (No es su mejor novela, sí la más nostálgica, y como siempre, te ríes con sus personajes).
“Beso Inevitable. Posología: No es aconsejable coleccionarlos, ni pensarlos demasiado antes de entregarlos. Efectos secundarios: Pueden ocasionar ciertos delirios, manojos de suspiros y alteraciones en el pulso”. Catálogo de besos. Raquel Díaz Reguera (Mi joya favorita esta temporada. Un libro ilustrado con el que no puedes parar de sonreír).
“Fue al cuarto de baño y se sentó en la tapa cerrada del inodoro, con el corazón acelerado, hasta que oyó a Richard salir y empezar a manipular los tablones. Existe una tristeza peligrosa en los primeros sonidos del trabajo de una persona por la mañana; es como si la quietud experimentara dolor al verse interrumpida. El primer minuto de la jornada laboral recuerda todos los demás minutos de que se compone el día, y nunca es bueno pensar en los minutos como unidades individuales. Sólo cuando los otros minutos se han sumado al primer minuto desnudo y solitario el día pasa a estar más sólidamente integrado en su diurnidad. Patty, antes de salir del cuarto de baño, esperó a que eso sucediera”. Libertad. Jonathan Franzen. (Novelón, de esos en los que con cada uno de los personajes descubres algo de ti).
“¿Cómo puedo ser mejor y al mismo tiempo salvaguardar mi libertad? Después de todo, la premisa del arte es ser mejor. Y no basta con hacer lo que se tiene libertad de hacer. El desafío está en cambiar, adaptarse, encontrar nuevos medios, nuevos entusiasmos, para trascender las limitaciones de la moda y la política y superar con mayor habilidad nuestro propio temor a no poder hacerlo”. Flores en las grietas. Autobiografía y literatura. Richard Ford. (Reflexiones sobre la literatura, que sirven para cualquier faceta, para cualquier vida).
PD.: Una tiene la costumbre de, al leer un libro, subrayar frases, palabras, párrafos, porque me gustan, porque me descubren algo, porque concentran la intensidad de la historia, porque he admirado al escritor, porque me han hecho pensar... Pasado el tiempo, de vez en cuando, paseo de nuevo por esas pintadas, y vuelvo a sentir esa misma emoción, me invade ese mismo feeling, o la misma sonrisa. Estos han sido un ejemplo de párrafos de algunos de los últimos libros que he inspeccionado…
Dicen que no lo hacía de forma consciente, o tal vez sí, porque ni si quiera él se formulaba esa pregunta, se había acostumbrado a funcionar de esa manera. Aparecer y desaparecer. Nunca demasiado tiempo en un lugar, nunca demasiado cerca de un tú, regalando siempre el máximo, diluyéndose siempre antes de que el aire se condensara. Cuentan quienes lo conocieron que su sonrisa era sincera, pero que sus ojos, enmarcados entre arrugas que narraban pasados desconocidos, huían con la misma fluidez que una ola se desvanece, desconociendo en qué mar llega su final, que era locuaz y educado, pero que solía abrigar su interior de silencio, un interior al que sólo él conseguía susurrar. Cuentan quienes lo conocieron que pellizcaba trabajos en los que retar a cada uno de sus yos, que afloraba sentimientos que se deslizaban como pestañas en busca de deseos, que vagabundeaba por paisajes hasta que reconocía atardeceres.
Hoy nadie recuerda cómo empezaron a intimar, simplemente empezaron a verlos juntos, en horas vespertinas, cuando sus obligaciones laborales los dejaban de acosar, en esas tardes en las que la luz va despidiéndose con nostalgia, en esas noches curiosas en las que las terrazas invitan a conversar. Ella, de gestos inocentes y cuerpo menudo, reía al verle llegar con su andar desgarbado y sus piernas escuálidas, a veces con un foulard extravagante, a veces con un sombrero con clase, escuchaba atenta sus anécdotas y reflexionaban juntos las respuestas. Ella, que se vio de repente envuelta en un apego sin nombre, aprendió a jugar con esos ritmos inconstantes, con esos hasta luego, cuídate, sin nunca preguntarse qué vendría después, tal vez porque no era importante, tal vez por miedo a romper la realidad. De él recuerdan el movimiento de sus rizos cuando, cogido a su guitarra, le dedicaba canciones que despellejaban sentimientos, ella, entonces, entornaba sus ojos intrépidos, a veces grises, a veces verdes, encogía sus hombros y enredaba su melena oscura con el dedo medio y el pulgar. Y cuando él le preguntaba si quería otra más, ella sólo sonreía marcándosele esos hoyitos en los mofletes, esos hoyitos que él, dicen, afirmaba que eran sello de felicidad.
Una de esas tardes, salpicada esta vez de charcos de colores, ella estrenando vestido, con una cola alta moviéndose con cada gesto, una de esas tardes, en la que las calles olían a primavera mojada, él sin sostener la mirada cada vez que ella buscaba conversación, una de esas tardes en las que los almendros comienzan a desdibujarse, él por fin habló. Parece ser que ella no le dejó acabar, sólo escondió sus manos en puños y apretó con fuerza sus labios, no derramó ninguna lágrima, e intentando sonreír, simplemente contestó con pocas palabras. La vieron darle un beso en la mejilla, abrazarle como se abraza cuando nunca más vas a hacerlo, y salir corriendo, golpeando los charcos hasta vaciarlos. Lo vieron a él quedarse sentado durante dos horas, tapándose la cara, golpeando el suelo con su guitarra. Pero como ya se sabía, a los dos días, desapareció con su volkwasgen roja.
Yo la conocí a ella un año más tarde, compartíamos un taller de escritura, nos aficionamos a tomar algo después, y más tarde, a auxiliarnos con confidencias. Me hablaba de sus ligues, a los que siempre plantaba, pero nunca mencionó nada relacionado con él, aunque pensándolo ahora, ese “¿y si la vida fuera sólo ratos?” con el que solía acabar sus reflexiones tal vez tuviera que ver.
Una mañana, paseando por el mero placer de sentir que las aceras eran nuestras, ella empezó a aligerar el paso, hasta echar de repente a correr. Un tipo maduro con rizos, algunos rubios, algunos blancos, que daba pasos cortos para delante y detrás, esperaba unos metros más allá. Ella desapareció entre los brazos de él, quien la acarició la melena y la besó en ese espacio donde la mejilla se roza con el labio. Yo, parada, vi como se subían a la furgoneta, como se giraba para decirme adiós, como lucía la más grande de sus sonrisas.
Nunca más supimos de ella, tampoco de él. Simplemente alguien que los vio en el último semáforo cuenta que los oyó reír, que ella apoyaba su mano en la pierna de él, mientras balanceaba con ritmo su cuerpo, y que él, con esa voz suave, mirándola a los ojos, tarareaba…I want to spend my life with a girl like you, pa pa pa paaaa pa pa pa paaaaa…
Mª Eugenia
PD.: …can I dance with you?….pa pa pa paaaa pa pa pa paaaaa…
Balancearte (con ton y algo de son). Sentir (bocanadas). Cantar (sin afinar). Soñar (sin despertador). Decrecer (con sabor). Bastar (lo que hagas). Tener (valentía). No pensar (o sólo un poco). Comprar (libertad). Jugar (con todos tus yos). Escuchar (escogiendo). Impulsar (por ti sola). Reír (con lágrimas). Decidir (lo que quieras). Volar (con alas nuevas). Dudar (de forma innata). Abrazar (palpando). Crecer (con rasguños). Gritar (y oírte). Mirar (hacia arriba). Arriesgar (aun con temor). Buscar (el cómo). Elevar (hasta conseguirlo). Descender (como punto de partida). Agarrarte (a lo que te sostenga). Descoser (cualquier soga). Oler (inspirando). Bucear (entre estrellas). Abandonar (la normalidad). Convencer (sin discursos). Desvestirte (sin reparos). Acariciar (nuevas etapas). Vender (ilusión). Mover (tus únicos pies). Vivir (con tus normas). Desear (desde dentro). Olvidar (tus propios nos). Apostar (por tu verdad). Perseverar (a tu ritmo). Adaptarte (al viento). Besar (tu destino). Sonreír (con inconsciencia). Hacer un pulso (al guión). Comprometerte (con tu pepito grillo). Saltar (y caer de pie). Atravesar (tus miedos). Despedirte (del ayer). Aprender (siempre más). Bailar (sobre el mar). Confiar (en la locura). Borrar (tus paredes). Construir (tu felicidad). Disfrutar (DE ESTE RATO).
Todo había empezado un febrero tramposo, un día de esos en los que cuatro rayos engañan calentando el invierno hosco que había llegado para quedarse. Todo había empezado con un abrazo parco, unas risas espontáneas, con algunas caricias disimuladas, juegos tontos de palabras. Los momentos se sucedieron rápido, un día, y luego otro, sin percatarse de que no eran ellos los que marcaban el compás, con la necesidad de destaparse un poco, con el interés de escrutar al otro, con la atracción de dos cuerpos que quieren bailar y dos cabezas que se retan, sin darse cuenta ninguno que esos besos inofensivos pedirían madurar, sin darse cuenta ninguno que se adentraban en un paraje vacío de indicaciones.
Él, con su cara de niño y años en la espalda, se había acostumbrado a sortear el peligro aferrado a un recuerdo con nombre propio, un recuerdo envuelto en imágenes desdibujadas que reconstruía con palabras hermosas, para que no se le escapara, que alimentaba con sensaciones que hurgaba detrás de cada ínfimo momento, cómodo en ese presente dinamitado por un pasado, cómodo fantaseando con un futuro anclado a raíces secas. Un recuerdo convertido en escudo, que había solidificado sus sentimientos formando barrotes impenetrables, protegiéndole de la posibilidad de tocar fondo de nuevo, anulando un horizonte de verdadera libertad.
Ella, ágil y esbelta, jugaba a mantener su equilibrio, atreviéndose sólo a deslizarse de puntillas, de esta forma, al retroceder, las huellas no estarían nunca demasiado marcadas, sería más fácil el retorno a cualquier punto de inicio. Ella, cariñosa y fría, se asustaba de forma inconsciente siempre que esos ojos inquietos, en los que disfrutaba buceando y averiguando qué pensaban, mostraban indicios de salvación y rogaban algo más.
A ese invierno le siguieron primaveras a medio color. Arrugaron algún que otro verano, soplaron sin fuerza diferentes otoños. A ese invierno le siguieron lunas con lágrimas, despertares con desasosiego, tardes en busca de porqués, mañanas de certeza, estrellas con deseos. A ese invierno le siguieron despedidas sin adiós y reencuentros sin holas, silencios con palabras y conversaciones esquivas, sonrisas inseguras y miradas sin reproches.
Hoy, uno de esos días de marzo en el que las temperaturas comienzan a arañar grados, amanecen con sus pies entrecruzados, sus cuerpos desnudos, despojados de cualquier sábana. Ella achicada bajo los brazos de él escala hasta rozarle la mejilla, dándole besos suaves y cortos, buscando sus labios. Sigue trepando, hasta llegar a su oído, al que con valentía susurra unas palabras. Él, entonces, se abraza a ella más si cabe, la oprime en su pecho y asiente con la cabeza. Él, entonces, se abraza a ella más si cabe, le aparta ese cabello rizado que le cubre la cara, y cómplice, observa cómo sonríe.
En 3º de EGB mi madre y mi profesora acordaron que, para quitarme mi timidez innata, fuera la encargada de llevar los recados entre tutoras. Así que me pasé meses yendo de clase en clase entregando notitas. Dudo si funcionó demasiado, visto el resultado treinta años después…
Hace ya meses, un viernes por la tarde, de esos en los que te aposentas en el AVE, y le das a los periódicos con calma, cayó ante mis ojos un artículo de un periodista de El Mundo, con foto de chico joven (dígase de mi edad), que me pareció bueno e interesante. Lo busqué entonces en la red, para tuitearlo, llegando al perfil del personaje, en el que hurgué para conocer de quién se trataba. Me sorprendió una retahíla de tweets que con frecuencia escribía, que empezaban siempre con #Niundíasinpoesía, y con los que rescataba versos de diferentes poetas. Me pareció bonito y sólo por ello decidí seguirlo. Efectivamente, desde entonces, no hay día sin poesía, ya que fielmente el periodista nos deleita sin perdón con letras líricas.
Han pasado los meses, y sin darme cuenta, esos #Niundíasinpoesía se han convertido en un momento esperado de mi TL*, que entre el ajetreo laboral y la carga agresiva de tweets, me hacen sonreír, parar medio minuto y reflexionar sobre algo (normalmente amor), transportarme de forma efímera a otro espacio, a veces hermoso, a veces algo más áspero, de vez en cuando cercano, de vez en cuando simplemente evocador. Me he acostumbrado a retuitear los que más me gustan, los que más me han movido, más me han pellizcado, dejando luego que la jornada continúe su curso. Alguna que otra vez, por supuesto, leo también sus artículos, que suelen ser buenos, y me río con sus 140 irónicos caracteres con los que comenta la actualidad.
El pasado miércoles, dicho periodista informó en su twitter que presentaba un libro de Carlos Marzal, en la librería Alberti, la mejor del género poético en Madrid. Así que lo ves, y decides que debes ir, que ser una groupie es lo que tiene, y además, el libro se intuye interesante. Ahí llegas, con cierta inquietud, un tanto despistada, te indican que es abajo…el espacio es pequeño, te viene una imagen de Antes del Atardecer, hay ya algunos espectadores, de edad avanzada. Te sorprende el perfil masculino, señores elegantes y con estilo, especialmente atractivos, en otro sector, algunas señoras bien arregladas comentan con profundidad libros de nota. Tú, de mientras, en primera fila, más colgada que un fuet, vas contestando emails y siguiendo el desarrollo del cónclave por twitter. Poco a poco vas cogiéndole el pulso al ambiente, que se va llenando, ya con perfiles más jóvenes, intelectuales con aire de normalidad. Al final, no más de 20 personas, que esto va de poesía y no de Las Sombras de Grey.
Y aparecen los dos protagonistas, el autor y el periodista. El primero con poco look de poeta y más de amigo de bar, el segundo con cierto aire fashion parisino que mola. Empieza la tertulia. El libro, La Arquitectura del Aire, es una recopilación de aforismos, así que aprendes sobre la evolución de los mismos, sobre Carlos Marzal, sobre literatura, envidias en el diálogo de los susodichos la manera de introducir ciertas palabras distinguidas, que dicen exactamente lo que quieren expresar. Sin darte cuenta se te ha colgado la sonrisa, te percibes exprimiendo cada segundo, atenta a la conversación, a las preguntas, soltando alguna que otra carcajada. Entre medias, te ha sonado uno de los móviles (os recuerdo que estaba en primera fila), con lo que con cara de póker has tenido que pedir disculpas, asomándose ya tu primer sonrojo.
Llega el final, concluye el acto, lógicamente decides comprarte el libro para que te lo firme. Pero ese ya es un momento en el que tu estómago empieza a cerrarse, ya hemos dicho que una es tímida de nacimiento, y aunque intenta superarlo, arrastra aún mucha cobardía. Pero lo haces, te acercas, saludas y pides que te lo dedique (en estos momentos Hugo se acordará que tuvo que pedirle él a Rafa Sánchez que me dedicara el set). Muy amable Carlos Marzal te lo pinta, y felicitándole, te despides. Pero sabes que te falta algo, estás con el rabillo del ojo mirando hacia “tu”periodista, que dialoga con otro espectador, y te repites que tienes que atreverte a decirle algo. Vuelves a tus trenzas y a esa clase de EGB. Así que coges fuerzas y te aproximas, y sin pensarlo mucho, con una sonrisa nerviosa lo sueltas: “Oye, nada, que felicidades por tus #Nohaydíasinpoesía, que te sigo y me gusta muchísimo”. Él, algo sorprendido, contesta con cara amable: “Ah, sí? Me sigues?” Yo: “Sí, sí, mucho. Es que me encantan, me alegras el día. Te retuiteo mucho”. Él: “Ah, y cómo te llamas? Porque si me retuiteas me saldrás…”. Yo: “Pita Sopena”. Él: “Aaaah claaaaarooooooooo (la o se alarga que hasta oírla en Barcelona), y tanto!! No, no felicidades a ti, ¡!!que haces más labor que yo!!!”. Notas que estás sufriendo un sonrojo monumental, uno de esos momentos en los que querrías desaparecer. Yo: “No, no, es que de verdad…”. Él: “Si es que a veces, cuando me doy cuenta de que no has retuiteado, pienso que ese día no he estado acertado”. Mi cara se mantiene cual tomate, sólo anhelo salir zumbada, que la tierra se me trague, pero aguanto, me río, típica risa un tanto enérgica. “Bueno, no, en serio, que felicidades, y sigue por favor…”. Con simpatía nos despedimos, y me esfumo aligerando el paso, que se ría Usain Bolt….
Ya en la calle, agradezco esa noche fría que va aniquilando mis sofocos. Tuiteo mi felicidad por el acto, y dejo que vaya bajando el color de mi rostro. Me avisan de que ha habido fumata blanca. Prueba superada.
PD.: Dice un proverbio que, la vergüenza, cuando sale ya no entra.
…o sí……pero a mí me da que la vida mejora si los ponemos en práctica. Y no, el orden de los factores sigue sin alterar el producto….
Dar las Gracias, incluso un Muuuuuchas Gracias. Aunque sea por una nimiedad. Quien lo recibe lo agradece, pero quien las da, se siente mejor.
No hacer faltas de ortografías, de hecho, el corrector de word hace un gran trabajo, incluso el de los emails. Evita el daño a la vista de quien te lee.
Pedir perdón, decir un Lo Siento. Un Sorry, que en inglés lo disimulas. Porque quizás tú tenías razón, pero si el momento se ha tensado, habrá sido también responsabilidad de uno mismo…y valía la pena??
Sonreír, así, de entrada, en lugar de fruncir el ceño. Uno está más guapo, y la vida, sin darte cuenta, se disfruta más.
Introducir un Por Favor, aunque sólo sea para que te acerquen la mantequilla.
Dar los Buenos Días, decir un Hola. Simplemente por haberte cruzado con la otra persona. Y si tienes más relación, porque trabaja en tu parking, porque es tu compañero de oficina, porque es tu conserje, añade un… Qué tal?
…y sigo con la misma persona de antes, si te ha contado algo de su vida, porque de vez en cuando esas cosas pasan, pregúntale al cabo de unos días por ello.
Comer con la boca cerrada, a nadie le interesa el recorrido de tu alimento una vez ha cruzado la barrera de tus labios.
Abrir una puerta, a lo mejor pierdes un segundo de tu vida, pero quien la atraviesa se sentirá más importante. Y si va con bolsas, ayúdale.
Ceder el paso, ante otro coche, ante una moto, o incluso ante esa puerta del ascensor…La competición en La Fórmula 1 se la dejamos a Alonso.
Contestar una llamada con un email, un mensaje con un whatsapp, un tweet con una llamada. Haz las combinaciones de X elementos cogidos de 2 en 2 que quieras, pero contesta. Si alguien te ha contactado, buscaba tu respuesta.
Escuchar prestando atención cuando alguien te está contando algo, porque necesita tu opinión, o simplemente, poder compartirlo contigo.
Dejar que el otro hable, controla un poco tu ego, y deja de ser protagonista por un rato, esta vez, el papel principal le toca al de enfrente.
Llevar los zapatos limpios (y si puede ser, bonitos ), esa pieza siempre dice mucho de uno mismo.
Dar un abrazo, especialmente cuando la otra persona lo necesita, o tócala cuando te lo esté reclamando. Lo verás en su mirada.
No decir palabrotas a granel (alguna siempre se va a escapar), y especialmente, no escribirlas. Seguro que tu enfado, o tu discrepancia, la vamos a entender igual con otro sustantivo, adjetivo…
En días de lluvia, que últimamente es la tónica habitual, no pensar que tu paraguas es el único que luce por la calle.
Dar unos eurillos, o un paquete de comida, sobre todo si se lo están ganando alegrando con música tu paseo. O sonríeles, diles hola. No están ahí porque hayan querido, y su día cambiará.
Besar. Así de fácil. Antes de irte a dormir a quien tengas al lado, al amanecer, o al despedirte por la mañana.
Hacer la vida fácil al de enfrente, y la de uno mismo. Que ya de por sí los astros la complican, no hace falta sumarse a ellos.
PD.: me imagino que podríamos encontrar más, pero poner en práctica estos 20, quizás ya es un reto.
Hace días que ando detrás de este post, para ser precisos, una semana, tiempo que ha transcurrido desde que vi la exposición. Salí con la idea en la cabeza, por aquello de que algún engranaje interno se ha movido y vas a tener que darle forma, pero te obligas a reposarlo, a dejar que pase el tiempo y evaluar así cuánto de efímero puede ser. Mientras, el libro de la muestra, que luce ya en casa, te va increpando cada vez que entras y sales, ocupándose de recordarte la incómoda sensación, cual pepito grillo dándote la murga. Y los días pasan y ahí anda, esa especie de sacudida paseándose por tu interior, con ganas de colocarse.
Es miércoles al medio día, y por esas cosas agradables que a veces tiene el trabajo, tras una reunión, te ves de repente entrando en la Fundación Mapfre a disfrutar de sus dos exposiciones actuales, Luces de Bohemia e Impresionistas y Postimpresionistas. De ambas tenías ya ganas, así que por de pronto te pellizcas de la ilusión. El día ya se transforma por alejar durante un rato los problemas, las prisas, la cadena de obligaciones. Adentrarte en las salas tenues imprime otro ritmo, oxigena tu mente, mantiene, al menos por un rato, en el limbo tu yo stressado, conectando con otra parte de ti que busca siempre crecer.
Es por la primera que una tenía ya especial curiosidad, como cuando intuyes que algo te va a impactar sin ni si quiera saber qué va a contarte. Cierto es que al visitar una exposición, si te gusta, disfrutas porque los cuadros conversan contigo y te hacen sentir, pero la gratitud es máxima cuando es el propio recorrido de la muestra el que te enseña algo, susurrándote con ritmo, obligándote a reflexionar. Con Luces de Bohemia se dan ambas cosas, a esos Picasso, Van Gogh, Rusiñol que lucen por sí solos, se suma un aprendizaje personal que vives gracias a ellos.
Y sí, hablamos de bohemios. De esas personas errantes, dispuestas a enfrentarse con el establishment, que apuestan por sus sueños e ilusiones, que no tienen miedo a vagar por encontrarlo. Sin ataduras, con pasión, sin miedos, con romanticismo, sin frenos, con gallardía. Hasta la fecha has compartido con ellos complicidad, te has descubierto en numerosas ocasiones interesándote, pero has sido solo a momentos capaz de implicarte. Hoy todos están esperándote, queriéndote hablar. Los primeros que te saludan son los gitanos, de quienes admiras su arte, su ímpetu, sin catalogarlos nunca antes como bohemios, a pesar de ser ellos los primeros en acuñar el género. Luego, a través de la pintura, ves evolucionar el término hasta llegar a ese círculo de artistas ya más habituales que brillaron en Montmartre, o en Els Quatre Gats.
Pero el vendaval ha querido empujarte con fuerza, y la exposición te pone cara a cara con La Bohème, que sueles escuchar una y otra vez mientras estudias, con Erik Satie, quien te encanta y acompaña tus momentos de calma y libros. Aparecen mirándote fijamente Baudelaire y Rimbaud, cuya poesía maldita te deja siempre exhausta.
Así que empiezas a pensar que hay demasiadas pistas, que esa exposición no se ha colado en tu vida porque sí. Y mientras sonríes cada vez que paras ante una explicación o una obra, de repente admiras esas botas, y decides que tendrás que ponértelas. Y andar. Algo se ha despertado con fuerza y ya no puedes evitar averiguar hasta dónde es posible llegar.
PD.: la exposición del Impresionismo también “dice” cosas, y por supuesto exquisitas, pero quizás ya las has asimilado con anterioridad…
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