V.I.: Autóctona, a ratos

No han pasado ni tres días pero empiezo a establecer algunas rutinas, no de las que huyo, sino de esas que ayudan a creerme que soy un poco de allí, a jugar a imaginar qué pasaría si viviera en la punta de la península.

Las mañanas toman voz como cualquier festivo en la capital, sin muchas horas de sueño, pero a un tempo ralentí. Dilato la cama con varios abriles y mayos de Pla, más allá de su prosa pulcra y de conocer su visión histórica, no tan lejana a la nuestra, su Quadern Gris me ayuda a plantearme este diario, a poner atención a momentos que parecen tontos, pero en los que reconozco la vida, o al menos, la vida que me hace sonreír.

El rellotge de la caixa camina lentament. A fora, en les acàcies immediates, se senten pardals. La presencia dels ocells sembla augmentar el silenci. El silenci sempre sorprèn. És una cosa insòlita, que té una punta de misteri. Passo una estona assegut en una cadira, perplex. El vent infla i desinfla la cortina. (7 de maig)

No hay cortinas en la buhardilla ni sé si son gorriones los que cantan. Pero se oyen pájaros y algo de viento, no es levante, es paz.

Con el olor a café y tostada presto atención a emails y whatsapps, resuelvo algún tema de La Tienda, y por supuesto, hay noticias del periódico. Problemas y cotilleos. Ayudo en lo que puedo, pero ya no es mío. Me parece curioso cómo lo que era importante y un peso el día 14, dejó de serlo el día 15. Distancia psicológica adquirida en horas. No son los kilómetros, ni el tiempo, sino la estúpida carga de la responsabilidad. Me era “trascendente” porque dependía de mí, deja de serlo en cuanto ya no. Tengo que revisar ese modelo de implicación…

Desayunar en casa y envolverla de música, acercarme a la papelería, porque el kiosko se ha quedado solo de chuches, a por El País, o El Mundo, o ambos, y saludar ya a la chica, que sigue sorprendida de que alguien con menos de 60 compre el periódico. Conocer los caminos o saber a qué playa quiero ir, encontrarme a Mariluz, que los ciclistas de antes me hagan chistes al volver, regresar porque no hace bueno y cocinar la comida, aposentarme en la tumbona para leer otro cuento de Eugenides, al que prefiero en novela pero siempre me interesa, salir hacia una clase de yoga. Querer estar y no de paso.

Llego al sitio con cierto nervio, fruto de la vergüenza, que sé que es infantil pero se instala sin llamarla. Al menos, ya no paraliza. O no siempre. Solo hay un hombre, el resto son todo lugareñas o afincadas, se conocen y son habituales de la clase, lo dicen sus conversaciones, pero sobre todo, sus cuerpos. No hay duda de que soy la peor y me tratan con benevolencia. Hago ejercicios que en la vida he practicado, pero esto es un viaje iniciático para lo que sea, así que si hay que ponerse bocabajo y sujetarse con la cabeza, lo hago. No me caigo. Regreso bordeando el mar y viendo cómo el sol rasga el cielo hasta convertirlo en fuego.

Por la noche es cuando añoro compañía, pero hoy hay Poesía a Granel, un festival poético en el mercado de abastos, antiguo convento de la Santísima Trinidad convertido en un encuadre blanco y cálido que me sabe a tomates cherry y me traslada a una noche de diversión. A las diez solo un puesto de vinos y quesos nutre a todos los nos reunimos, comparto mesa con los padres de la artista, un grupo de música integra a Lorca en el ambiente, suena La Tarara. Almoraima Ruiz recita sus poemas, luego, espontáneos extraños salen con los suyos. La literatura también vive en Tarifa. Decido alargar mi estancia. Algo empieza a ir bien.

Hi ha dies que invento qualsevol pretext per parlar amb la gent que vaig trobant. Els miro als ulls. És una mica difícil. És l’última cosa que la gent es deixa mirar. M’ esborrona de veure l’escassa quantitat de persones que conserven en la mirada algún rastre d’il.lusió i de la poesia dels disset anys. (16 d’abril)

V.I.: Breve mañana ante el mar

Dedicado a Sylvia…ella sabe por qué.

Ha bajado a escribir a un chiringo y no han abierto aún.  El reloj, que desde hace unos días ya solo me susurra, marca las doce.  Esto es Tarifa, o el sur, o lo que tiene el mar, que no hay prisa. Lo único que hay que hacer es quedarse quieta, un rato, mirar cómo los azules se mueven al compás de un viento, hoy leve, y perseguir las huellas en la arena, que hoy son solo las que el mar quiere dejar.

Ya sentada y con el ordenador abierto suena Bob Marley por los altavoces, y entre sonrisa, movimiento frágil y tarareo, me saludan recuerdos que se deslizan entre la armonía y el temblor en estos mismos paisajes, y entre la risa y la inocencia en otros, más lejanos, desgastados con el paso del tiempo, que solo hundiéndome en la memoria consigo rescatar. Es curioso cómo canciones, espacios, películas…se desordenan con el transcurso de la vida. Superadas unas emociones, aparecen otras.

Algunas carcajadas y voces en idioma extranjero me despistan y me obligan a observar a sus dueños. Unos padres sonríen a sus gemelos que chillan demasiado, cuatro jóvenes disfrazados de buenrollo, un hombre que coge de la mano a su novia mientras con los dedos de la otra repica en la mesa, un solitario con ganas de bailar. En unos días, con la velocidad del asfalto, volverá a desdibujarse mi capacidad de mirar, ese indagar sin voluntad de espiar o juzgar, con la mera necesidad de entender. A ellos, a mí.

El disco ha dado la vuelta entera. Los niños gritan demasiado. Nuevos turistas se añaden a la terraza. El “bucolismo” necesita de límites para poder apreciarse.  Llega el momento de huir.

…let´s…get …togeeeether and feeeel all right…

 

V. I. : Hacia Tarifa

Se confirman mis sospechas al bajar al desayuno, somos solo tres huéspedes. Una pareja mayor me da conversación, preguntas que ondulan entre la amabilidad y el cotilleo. Dudo si jugar e inventarme las respuestas, pero no lo hago.

Arranco hacia Tarifa. Esta vez el camino se hace largo, hay obras y las lyrics las controlo menos. Atravieso carteles en los que nunca he estado, pero que me recuerdan a gente, son de allí, o veranean, o me han contado anécdotas. De otras indicaciones las anécdotas son propias. Viajes pasados en las que hacía años que no pensaba. De cada uno de ellos usurpé un momento, o muchos, pero el cajón en el que están guardados no se abre con frecuencia, como si correspondieran a una vida ajena.

Algeciras es un lugar que, hasta hace relativamente poco, no me había preocupado de situarlo en ningún mapa. Hoy al verlo, sonrío. Llego a Tarifa con Enrique Urquijo cantando Aunque tú no lo sepas. Prometo que no está preparado, pero es mi canción favorita de un regalo tarifeño. Algo empieza a ir bien.

El pueblo me recibe con los abuelos de siempre, que serán otros pero con las mismas gorras, y camisas de cuadros de manga corta, y calcetines blancos debajo de las sandalias, permanecen ahí sentados en los bancos de La Puerta de Jérez. Guardianes fieles de unas calles blancas cada vez más gastadas, que resisten con pundonor el comedido avance de tiendas bonitas y bares con estilo.  Espero con una cerveza a Mariluz, que me dará las llaves. No dejo ya de encontrármela a partir de ese momento, al cerrar una puerta, en el colmado, al girar la esquina. Con cada encuentro, un poco de su vida: la excursión de su hijo, la enfermedad de su madre, los vecinos nuevos… A veces tengo la sensación de que me espía, pero es solo fruto de mi egocentrismo urbano.

Por fin la playa. Kilómetros de arena que a las seis de la tarde son invadidos por estudiantes a la salida del instituto, por familias con niños para que jueguen, algún turista solitario y varios deportistas con cometas. La vida en y con el mar integrado. Bendita vida. Las horas respiran cada vez con más pausa hasta que el sol se pone para dibujar un óleo. Silencio. Solo un click para una foto. Más silencio.

“No puedes decir más de lo que ves”, Thoreau.

V.I. : Úbeda

El trayecto no se hace pesado. Cada dos horas hay que parar, así que con dos visitas a bares de carretera el camino está hecho. Entre tanto, paisajes, adivinar figuras en las nubes, algunas gotas y cánticos en voz muy alta. Que no te oiga nadie ayuda a superar eso que le dijeron las monjas a tu madre: que la niña le pone esfuerzo, pero cantar nunca va a ser lo suyo.

A Úbeda llego amparada por olivos cargados de poesía, de calidez, de bienestar, después de un río y con Serrat y Sabina hablándome de esas pequeñas cosas…Empiezo a pensar que quizás no debía haberme desviado, pero ya estoy allí. Sola. Porque a las cuatro de la tarde no hay paisanos por ningún rincón del pueblo. Pero escucho música entre las paredes gruesas y ocres que marcan los recorridos por calles empedradas. Primero las notas salen de una iglesia, luego, de un instituto. Leía en una entrevista a Iñaki Gabilondo que estaba preocupado por la banalización de la música, en una sociedad con tanto ruido, decía, dicho arte perdía valor. Úbeda se humaniza con melodías que navegan por el aire y me indican que, no, no estoy sola.

Es dejar la maleta en el hotel y que empiece el diluvio universal. Graniza. Esta vez no pienso, afirmo, que no tendría que haber parado. Maldigo a Francisco por liarme, pero recuerdo que estoy de viaje sin pautas. Baeza seguirá siempre en su sitio y mi objetivo es descansar. En el hotel, con ínsulas de castillo de miedo y de risa, me tumbo a leer. Primero el Hola de la Boda Real, luego a Richard Ford sobre sus padres. Leer sobre los suyos cuestiona la relación con los míos. Demasiado cerca, demasiado lejos.

 Los padres – por encerrados que estemos en nuestras vidas – nos conectan íntimamente con algo que no somos, y forman una “ajenidad unida” y un misterio provechoso, de tal suerte que aun estando con ellos estamos solos. (Entre Ellos)

Ya con el arco iris decido conocer el Patrimonio Histórico. Más allá de algunos turistas, el pueblo sigue desocupado. La banda sonora ahora son pájaros que pían. En diferentes esquinas hay lugareños huidizos que comen pipas, desconozco si ven la vida o solo la esperan. En una iglesia, mujeres de edad rezan el rosario, en otra, adultos de toda índole piden a la Virgen, unos niños han improvisado una pista de tennis en el parque, el bar Calle Melancolía está cerrado. Hay belleza al girar cada esquina. Me reconcilio con la decisión.

Elijo un lugar para cenar, las medias raciones darían para todo un viaje en grupo. Anuncian (y pruebo) vino ecológico, hasta en Úbeda ha llegado la moda. El bar se llena. En cualquier rincón de España siempre hay vida a partir de las diez. Me dirijo hacia el hotel. Siento frío

VIAJE INICIÁTICO (V.I): Inicio

“Todo lo que no está escrito desaparece, salvo por ciertos momentos que perduran, ciertas personas, días concretos. Los animales mueren, la casa se vende, los hijos son mayores, incluso la propia pareja se ha desvanecido, y aun así queda el poema”. El arte de la ficción, James Salter

 No sé muy bien por qué, pero me apetece. Es más, creo que tengo que hacerlo. El descanso y el no pensar, o el pensar mucho, o el pensar con serenidad. O solo sentir.  Palabras que, cada vez que perfilo mis vacaciones, aparecen en una pancarta de letras enormes acomodada en mi cabeza. Leer, escribir, parar, actividades que solo se hacen con una misma. Llamémoslo el egoísmo del autocuidado, o la necesidad de desaparecer. La tecnología me pondrá límites. Y no, tampoco es sola, los kilómetros van a cargo de la furgo, compañera de viaje a la que hay que prestar más atención que a cualquier otro colega.

Toca palpar sueños, dejar de imaginar planes maravillosos, descoser ciertos miedos, saludar y disfrutar de la soledad buscada.

Casualidades de la vida, me despido de ti al salir de Madrid. Algo empieza a ordenarse.  Enfilo la autovía del Sur. Enciendo el CD, suena Camarón. Algo empieza a ir bien. Me persigno, ritos ancestrales de familia.

 

 

SANTA ENGRACIA 129

Al cerrar las primeras cajas, hace ya unas semanas, lloro. Dejo que las lágrimas sigan su camino, no duelen y duran un rato corto, intento entender qué me está pasando, no tengo claro que sea tristeza, ni todavía un síntoma de despedida. Tal vez es simple consecuencia del agotamiento emocional (y físico) de los últimos tiempos. O quizá, solo salen empujadas por la fuerza de la lírica de María Arnal, que suena a máximo volumen por toda la casa.

La recogida dura varios fines de semana. De lunes a viernes otros cambios y proyectos exprimen el resto de mí, la velocidad de los acontecimientos no me permite ser consciente que, ahora, toca ya decir adiós al espacio que me ha amparado durante los tres últimos años. A esas paredes que han sido mi hogar en esta etapa. Unas paredes que han cambiado por momentos en función de la luz exterior, descubriéndome nuevos ángulos, perspectivas con tonalidades diferentes, no siempre fáciles, pero siempre útiles. Una casa poco uniforme y de pequeños agujeros, rincones que se han ido haciendo míos y que hoy están llenos de cajas que me expulsan. Hace meses que la decisión estaba tomada, una no puede sostenerse por andamios ni traspasar puertas que te encogen, pero llegado el momento, despedirse no resulta cómodo. Resuena el miedo al cambio y se hacen eco los recuerdos. La ilusión con la que llegaste al barrio, las ganas de Ponzano, andar a todas partes, hablar de meteorología de la buena con el kioskero y hacerte amiga de la de la farmacia, algún cumple, varias veladas tranquilas y otras con resacas, conversaciones de trabajo con un té sobre la mesa, un último fin de año.

Hoy, aparecen de nuevo las lágrimas, con la última mirada a ese cielo que durante tres años ha estado muy cerca, a esa luna que contemplo desde la terraza, unos metros cuadrados que me han enseñado a cuidar las plantas, a cenar sin prisas, a respirar con calma.  No han sido años de grandes cambios personales, al menos no visibles, a excepción de una furgoneta que sí marca un destino y se mueve cargada de sueños e ilusiones.  Pero la sensación es que en esta casa se han ido hirviendo los ingredientes para un nuevo periodo. Y que, de repente, toca.

Nos vamos. Algo se queda.

LO QUE HAY DETRÁS DEL CUADRO

Meses buscándolo. Sin mucha insistencia, con simple atención. Algo tranquilo, algo que mantenga la armonía del espacio, que pueda hermanarse sin insolencias a ese faro y esas olas que, desde Formentera, llegaron primero y lo miran desde enfrente.

Es una mañana en la que camino de prisa para llegar a una reunión, pero me detengo. En realidad, me he fijado en otro que está al lado, con pájaros de colores asentados en ramas. A este lo tapan bolsos y otros objetos. Es una tienda de decoración con cartel que huele a rancio y regalos sin coherencia. Pero lo veo. Está cerrada. Lo que tiene pasar al día siguiente a la misma hora es que también está cerrada. Pero decido hacerle una foto que miro de vez en cuando durante un par de días. Llamo para reservarlo.

Luce ahora sobre mi cama. No tengo ni idea qué quería contar quien lo pintó, si lo hizo cerca del mar, o sólo era un recuerdo. El ejercicio tal vez buscaba ese significado, pero yo le doy el mío. Quiero pensar que a mí me acerca a esa otra vida, esa vida que dudas si algún día será verdad, o de verdad.  A la que me aproximo en los meses de verano, cuando es fácil fantasear con cambios, cuando las altas temperaturas convierten a cualquier pueblo de costa en un destino vital, cuando el silencio adherido a callejuelas blancas y húmedas es solo una opción y no la frecuencia cardiaca del lugar. Un sueño que araño también cuando llega el frío, en escapadas para atrapar el aliento que me ayude a bailar entre el gris álgido de la ciudad, de la que disfruto aún demasiado, pero de la que huyo cada vez con más frecuencia.

Me quedo fijamente contando esos peces que no saben dónde van, que se cruzan con respeto y deciden la dirección según la ola que sortean. El horizonte en el mar es siempre el que ellos y yo queramos dibujar. Presto atención a cómo están trabajadas las “petxines”, no, no serán conchas nunca para mí, por muchos años que lleve lejos, o por mucho que el mar que finalmente haga mío sea el del otro lado de la península.

Y no, es cierto que no será mío. Pero yo sí que soy un poco de él.

 

TARDES EN EL VELÓDROMO.

Como cada día se acomoda y pide un café con leche. Descafeinado, por favor. Claro, sr. Manel, no se preocupe. Apoya el bastón en la silla de enfrente, y aprieta los ojos para mirar la hora en el reloj de la pared. Lleva colgado ahí toda la vida, pero en los últimos meses le da la sensación que a las manecillas también les pesan los años. Aún hay tiempo. Ha podido escoger una buena mesa y observa atento la calle, las aceras han empezado a teñirse de cobre y el sol haces semanas que ha emprendido su viaje de vuelta. Dentro no hay mucha gente. Limpia los cristales con la servilleta aún sin usar y se coloca sus gafas, una patilla está medio rota, así que tarda un par de minutos en ajustarlas bien a las orejas. Hoy estrena una camisa a cuadros, o eso le dice al camarero, retumbando el eco entre los techos altos del local. ¿Verdad que me disimula la barriga?

Ella entra despacito, es menuda, le cuesta siempre empujar la puerta de cristal. Avanza con el bolso colgado en el codo. De piel negro, pequeño, gastado. Con el viento de fuera se le ha movido un poco el moño, y un mechón de su pelo cano se le desliza por su espalda, algo curvada por mucho que se esfuerza en mantener la cabeza erguida. Sin prestarle atención se dirige a una mesa de la esquina. Él la sigue con la vista y hace el gesto de mover los labios, pero no, no dice nada.

El camarero le ayuda a sentarse. ¿Lo de siempre, sra. Carmen? Ella asiente y le sonríe.  Que esté bien calentito, por favor. Aprovecha para desabrocharse un botón del jersey. Espera a que le traigan el colacao y un croissant, y entonces sí, mueve la cabeza de forma rápida, entorna un par de veces sus ojos cansados y azules, y le dedica una mirada breve. Él, por supuesto, está observándola, con fijación. Serio, golpea con rapidez los dedos sobre la mesa y se mueve incómodo sin encontrar la mejor postura. Ella parte el croissant en trozos pequeños, y de vez en cuando vuelve a mirarle, inclina otra vez la cabeza, y una media sonrisa permite que entre sus elegantes arrugas se marquen unos hoyuelos, cálidos, minúsculos.

Al cabo de un rato la ve pagar.  Más o menos ha sido el tiempo de siempre. Ella vuelve a pasar por delante, se esfuerza por agilizar sus pasos al cruzar por su mesa, y mira al frente. El camarero le abre la puerta. Hasta mañana sra. Carmen, que tenga usted una buena tarde. Ella asiente con la cabeza, y le aprieta el brazo.

Se desploma sobre el sofá y empieza a dar vueltas con la cucharilla en la taza. ¿Otro descafeinado sr. Manel? No sé, bueno… ¿Tú crees que mañana volverá?

 

EL LADO BUENO DE “EL PROCÉS”

Han sido unos días complicados. Y largos. Y cansados y cansinos. Y tensos. Y tristes. E inquietantes. Podría seguir buscando adjetivos que los definieran, pero creo que todos, o al menos muchos, hemos experimentado algo de esas sensaciones.

Pero El Procés, o Mi Procés, también ha tenido unos cuantos momentos molt bonics,  asociados a personas y a vivencias. Momentos que he apreciado muchísimo, gestos, ratos,  que me han ayudado a poder ir aguantando con alegría estos infinitos días.

Quiero escribirlos, y lo hago en orden cronológico (que no de importancia), para poder dar las gracias y que no se me queden en el olvido.  Dicen que con el tiempo, lo que permaneces siempre es la parte buena de las cosas, pero por si acaso, yo quiero dejarlos anotados, para que  me ayuden a recordar, siempre, que en este momento histórico, no todo fue tan lleig.

Tres días antes del 1O. En un evento de La Tienda de las Palabras, con un público básicamente de la capital, leímos un poema de mi favorito Joan Margarit y lo hicimos en castellano i en català. Era nuestra pequeña aportación en busca de ese trasvase de afecto. Porque Literatura, va a ser que se escribe igual en los dos idiomas. Y así lo entendieron quienes estaban ahí. Una acompasada sintonía  impregnó todo el acto.  De forma imprevista, además, aparecieron urnas, lo que provocó risas de todos,  que falta ya empezaban a hacer.

Vivirlo. Sí. He tenido la suerte de ser de allí, de trabajar en la prensa manipuladora de aquí, y de que me enviaran de pseudo corresponsal al escenario del conflicto. Me ha tocado acercarme a algún que otro político, pero sobre todo, he sido afortunada de vivirlo cerca de la gente. O con la gente. De poder compartir la intensidad, la de los unos, y la de los otros. Me he cansado de sus cánticos, de sus extremismos, me ha caído la lluvia encima y me ha crujido la espalda. Pero he podido formarme una opinión sin filtros, o  al menos, sólo con los míos.

Un muy amigo madrileño estuvo en Barcelona unos días, por trabajo. Hablamos sin tensión y nos reímos mucho, con, del y sin el procés. Me acompañó a una manifestación, hicimos los dos de periodistas (algo que él es, y yo “fakeo”), que ya es de agradecer porque las horas de las manifas se hacen largas, cuando ya has ido a muchas y no comulgas con ninguna. Pero especialmente le doy las gracias enormes por tener una posición abierta y con perspectiva, y por compartirla, siendo él alguien que vive con poco entusiasmo la política. Por mostrar sobre todo cariño a la gent de Catalunya, algo que parece fácil, pero que no lo está siendo (en estos momentos) para mucho de mi entorno no catalán. Gracias grandes Pachi.

Estos días he recibido ánimos de amigos o conocidos, que además de ilusión, me han arrancado una sonrisa. Pero sobre todo, quiero darle las gracias  a dos personas, que se han incorporado a mi vida hace relativamente poco, pero que me han mostrado su amistad, aun más, en este tiempo. Gracias a Reyes y a Amaya, por sus mensajes constantes de apoyo y de entendimiento desde Madrid. Por haber ido a esa manifestación blanca en Cibeles, y ayudarme enviándome fotos y trasladándome el amor a Catalunya que se lucía y se cantaba allí. Me sirvieron para el periódico, pero sobre todo, me sirvieron a mí.

Si puedo ir andando a un sitio, voy. Así que estos diez días de exilio he aprovechado para recorrerme mi ciudad de nuevo. Para reencontrarme con lugares que en los últimos tiempos he frecuentado poco, que el tiempo siempre es corto cuando se está de visita. He disfrutado al volver a vivir esa Barcelona en la que me perdía  hasta mis 25 años. Me ha divertido bajar con frecuencia al Born, hurgar por el Barri Gòtic, passejar a conciencia per Gràcia. Recordar anécdotas de algunos bares o restaurantes, adentrarme por callejuelas que saben a humedad y te reciben con el mismo caliu. Hasta toparme con Flores Navarro. Què maca és Barcelona!!

La agenda del procés ha sido algo volátil, y hacer planes no parecía fácil. Pero al final ha habido tiempo para ver mis amigas de toda la vida, y a alguno más. Compartir una caña, un ágape, dar vueltas a la conversación del momento, exponer puntos de vista diferentes. Y además, encontrar espacio para ponernos al día más allá de la actualidad. Com sempre.

Joan ha sido indepe desde que lo conozco. Y van ya unos 24 años que nos aguantamos, cada uno con lo suyo. El gran día, ese del Sí_pero_No, tuve la suerte de que me hiciera una visita durante mi letargo en la Avinguda Lluís Companys (siete horas en la calle, os digo, que es agotador). Abordamos, cómo no, el tema, con sosiego y con broma. Nos pusimos a entrevistar a gente (él tiene ese descaro que a mí me falta), nos reímos,  pasamos un rato bueno. Sin asperezas, con sonrisas, con amistad. Eso es posible, sí, por mucho que los políticos se esmeren en destruirlo.

Desconectar. Sí, se puede. He conseguido ver La Cordillera, y volver a estar atenta sólo a Darín.  He conseguido disfrutar de las fotos de Nicholas Nixon, y concentrarme en otros paisajes, otras caras, otras vidas. He conseguido dormir ocho horas por fin una noche.

Y me dejo, seguro,  algún buen momento más. El mar lo vi, pero poco. De Puigi y Mariano nos hemos destornillado con twitter, y el  trabajazo de elplural.com ha sido tan bueno, que que se ría La Sexta.

Así que bendito momento histórico. Las generaciones que vienen lo estudiarán en el colegio. Y yo, además, podré contarles que siempre, siempre, existe el otro lado de las cosas.

UN TROCITO DE VIDA.

PD.: Este texto es de hace unos días. Se había quedado sin subir por problemas de hackeo de esta web. Gracias Javi por arreglarlo. Gracias queridos del taller por motivarnos a escribir :-))))

1 de junio – 14 de junio

No voy a poner fecha en estas líneas que me tocan del Diario Común, o mejor le llamamos Colaborativo, que está más de moda. No la voy a poner porque da un poco igual. Porque voy a ir desordenada en mis días, en mis pensamientos, en lo que cuente. No ha habido manera de empezar cuando tocaba, he intentando guardar “cosas” (y  pongo cosas entre comillas, porque es una palabra fea, pero lo suficientemente grande como para que quepa todo), pues eso,  he intentado guardar cosas en mi yo, ese yo que a veces es cabeza, a veces es piel, momentos que quería compartir, escribir,  por aquello de no olvidar, porque me habían hecho, por un instante,  romper la inercia y sonreír, o ponerme de malhumor, o reflexionar. Pero al final, el día se agotaba y no quedaba nada escrito.

Leía hace poco  un texto de Krishnamurti  en el que preguntaba. ¿hay también espacio en su mente?  ¿o está tan repleta que no hay espacio en absoluto? Si su mente tiene espacio, entonces en ese espacio hay silencio, y de ese silencio surge todo lo demás, porque en ese momento usted puede escuchar, prestar atención sin ninguna resistencia…

Desde luego que en mi mente hay poco espacio. O al menos, poco espacio libre. Sí escucho, y hay silencio, porque lo busco como un tesoro. Pero no se mantiene el tiempo suficiente como para poder conseguir esa soledad necesaria para sentir, sentarme y escribir. Para conseguir esa paz que luego se convierte en guerra, con uno mismo, con el texto, con la historia…pero sin la que es imposible parar y ponerte a contar.

En los últimos meses mi mente está llena de cajones que se abren, se cierran, al ritmo de una marcha militar. Una tarea, y luego otra. Tareas que no sólo son trabajo, también son ocio, risas, que disfruto y saboreo mientras ocurren, pero que marcan mi día a día, y a pesar de intentar ponerles freno, acaban organizando el ritmo de mi vida.

Dicho todo esto, empecé junio muy feliz, dando la bienvenida a mi nueva compañera de viaje, toda acicalada ya ella, tras meses y meses de vaivenes. No tiene nombre aún, de momento es sólo La Furgo. No soy consciente  en qué momento tomé a las Volkswagen setenteras como un símbolo, de libertad, de buenrollo, de otra vida. Ya sé que, como yo, miles de personas, pero va a ser que ahora estoy hablando de mí.  Desde hace años me ha acompañado el sueño o la ilusión, la he tenido en todo tipo de objetos, cuadros, fotos…. Hoy está aquí, es real. Veremos dónde me lleva.

En estos quince días me ha dado tiempo también de desmayarme en la playa, y acordarme de Irene, de su cuento, porque la sensación de su protagonista la tengo también yo cada vez que veo el mar. Sensación de levedad, de que todo lo demás importa menos, o nada. He empezado a arañar el verano, a pasear con chanclas y capazo, a salir a cenar con luz, sin jersey y con las piernas al aire.

He comprado nuevas y extrañas plantas, han florecido alguna de las que ya estaban, algo que siempre me provoca una sonrisa. Salir a la terraza, que me sorprenda una flor que ayer ni me había dado cuenta de que iba a existir, pero a la que he ido cuidando…Pienso que así es un poco la vida. Vas regando, sembrando para que las cosas (otra vez la palabra cosas, en su máxima amplitud) ocurran. No sabes cuándo pasan, y a veces no es exactamente ni lo que estabas esperando, pero acaba dando fruto de alguna manera, el que sea, aunque madure mucho más adelante…

He tenido reuniones, y más reuniones. En alguna que otra hubiera querido matarlos a todos. Me he desesperado, he trabajado, he sentido impotencia, he conseguido algunos objetivos, he mirado para otro lado. Lo peor de todo, o lo mejor, es que volverá a repetirse y me sabrá a conocido.

El domingo observé con cierta atención a mis vecinos del AVE, parejas que se querían en los asientos más que en el sofá de su casa, señores que comían mandarinas, mujeres que gritaban en el móvil. Aun así pude leer periódicos atrasados, babelias, dominicales y culturales, e incluso disfrutar del viaje.

Hace una semana bailé en el RockOLa, ahora me parece extraño acabar una noche danzando. Pero se agradece. Una noche absurda de la que te sigues riendo al día siguiente.  He empezado a ver los Soprano, pero yo desde el sillón, no como Teresa, en su bicicleta. He tenido conversaciones interesantes y otras de pacotilla.

Hoy he visto volar tres mariposas. He sonreído. Bendito verano.